Augusto Zamora R.*
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Al parecer, científicos chinos han hallado un método para calcular la fecha de muerte de una persona desde su nacimiento. Es decir, que podrían ponernos fecha de caducidad.

Hay algo de macabro en este descubrimiento. También de vuelta a los orígenes de la especie. Desde el principio de las civilizaciones, conocer nuestro destino ha sido obsesión recurrente. Chamanes, pitonisas, brujos y astrólogos han tenido esa tarea.

En el oficio de averiguar nuestro devenir se fundaron las religiones, que hacían de la muerte no un fin sino un tránsito hacia otra vida, que debía ser –obviamente– mejor.

Borges, en su colosal cuento Los Inmortales, afirmó –certero– que todos los seres vivos son inmortales, salvo el hombre, pues sólo los humanos tenían conciencia de la muerte.

Mújica Laínez inició su Bomarzo contando que Sandro Benedetto, astrólogo y físico, había trazado el horóscopo del ilustre protagonista de su novela.

Vivimos como si fuéramos eternos. En esa quimera, acumulamos tesoros, frustraciones, esperanzas, ritos. Los antiguos faraones sacrificaban siervos y animales y eran enterrados con alimentos, para que en el Reino de Ra (el Sol) vivieran según su rango.

La antropología explica maravillosamente la necesidad de olvidarnos de la muerte. Su peso podría tornarse insoportable y paralizarnos en el oficio diario de la supervivencia.

La Ciencia nos sigue llevando por senderos vertiginosos. Avanza tan rápido que no da tiempo de digerir los hallazgos. Ahora avisa que puede ponernos fecha de caducidad.

Seguiré prefiriendo la incertidumbre.

 

*az.sinveniracuento@gmail.com