Jorge Eduardo Arellano
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OLYMPIA, WASHINGTON
Barack Obama y John McCain son los dos contendientes en las elecciones presidenciales de Estados Unidos este año, pero la campaña también estuvo dominada por dos mujeres muy diferentes, Hillary Clinton y Sarah Palin. De hecho, muchos observadores creen que las mujeres determinarán el resultado electoral. De modo que, para parafrasear a Sigmund Freud, “¿Qué quieren las mujeres norteamericanas?”.

Hasta los años 1960, las mujeres norteamericanas eran más proclives que los hombres a respaldar a los republicanos. En la elección de 1980 surgió una brecha de género diferente: había más probabilidades de que las mujeres y no los hombres apoyaran a los demócratas. En 1996, el respaldo de las mujeres a Bill Clinton fue 14 puntos porcentuales mayor que el de los hombres y, en 2000, las mujeres respaldaron a Al Gore por sobre George W. Bush por una diferencia de 12 puntos.

Pero, desde 1996, la brecha política de género se ha reducido a la mitad. Las mujeres que respaldan a los republicanos, según el saber popular, son las “mamás de la seguridad” --esposas y madres de los suburbios que empezaron a preocuparse por la seguridad de sus familias después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001--. La elección que hizo McCain de Palin fue un intento por apelar a estas madres y atraer votos de las mujeres desilusionadas con el fracaso de Clinton.

Por cierto, el giro a los republicanos desde 2001 se limitó mayoritariamente a las mujeres blancas del sur. En el país en general, observa la politóloga Karen Kaufmann, el 50% de las madres con hijos votaron por Bush en 2000 y esta cifra cayó al 49% en 2004. Pero las mujeres blancas del sur, que eran más proclives que los hombres blancos del sur a respaldar a Bill Clinton en 1996 y a Al Gore en 2000, tenían menos probabilidades que los hombres del sur de apoyar al demócrata John Kerry en 2004. Ahora existe una diferencia mayor entre las preferencias electorales de las mujeres blancas del sur y las mujeres blancas en el resto del país que entre los hombres y las mujeres.

Fuera del sur, las mujeres que votan tienen menos probabilidades de ser duras en materia de política exterior, y más proclives a respaldar el gasto en salud, educación y otros programas de bienestar social. Las mujeres también tienden a ser más empáticas con los esfuerzos por reducir la desigualdad de ingresos; los hombres afro-norteamericanos, en cambio, son tan “comprensivos” respecto de estas cuestiones como las mujeres de su raza.

¿Alguno de los dos partidos realmente puede ganar apelando al género? A las mujeres les gusta que otras mujeres surjan como líderes. Cuando los demócratas nominaron a Geraldine Ferraro para la vicepresidencia en 1984, ella atrajo grandes multitudes, de la misma manera que Palin hoy. Poco después de la nominación de Palin, una de cada tres mujeres blancas dijo que ahora era más probable que votara por McCain.

A primera vista, parece razonable que los partidos políticos puedan llegar a traducir la conciencia de género de las mujeres en un bloque electoral unificado. Las mujeres tienen algunos intereses comunes, especialmente en lo que concierne a controlar sus propias decisiones reproductivas y protegerse de la explotación sexual y la violación. La mayoría de las mujeres también reconocen y resienten que los medios las juzguen con más dureza que a los hombres. Y, como las mujeres normalmente esperan asumir la mayor parte de la responsabilidad de alimentar a los hijos, tienden a evaluar las políticas sociales a través de esta lente.

Pero la manera en que las mujeres abordan los intereses reproductivos, sexuales y familiares en base al género varía según su posición social y sus opciones personales fuera de la familia. Las mujeres que compiten en el mercado laboral normalmente respaldan los esfuerzos por desafiar la doble moral sexual y condenar enérgicamente el acoso sexual. Pero las mujeres que son más dependientes de un marido suelen aceptar una doble moral que resalta la pureza femenina y la gallardía masculina. Estas mujeres creen que adherir a roles de género estereotipados protege a las “buenas” mujeres.

De la misma manera, las mujeres saben que suelen tener salarios más bajos y menos probabilidades de progreso profesional que los hombres. Pero pueden elegir estrategias diferentes para hacer frente a estas desventajas. Aquellas mujeres que pueden o deben sustentarse fuera del matrimonio tienden a favorecer la ampliación de las oportunidades económicas para las mujeres y a oponerse a leyes y valores que le dan la autoridad familiar a los maridos y los padres.

Por el contrario, las mujeres con menos autonomía económica pueden sentir que enfatizar las jerarquías familiares y las obligaciones recíprocas sirve mejor a sus intereses. La diferencia de mujer casada puede ser vista como un apuntalamiento de la obligación del marido de sustentar a la familia.

Incluso, en cuestiones como la contracepción y el aborto, las posiciones de las mujeres muchas veces se ven influenciadas por valoraciones enfrentadas. Las mujeres que planean postergar el matrimonio mientras forjan sus carreras tienen muchas más probabilidades de querer asegurarse la posibilidad de evitar un embarazo no deseado o interrumpirlo. Pero las mujeres que creen que su mejor esperanza de seguridad consiste en encontrar un marido suelen decirles a los entrevistadores que, si a otras mujeres se les permite escapar a las consecuencias biológicas de tener sexo, los hombres estarán menos dispuestos a ofrecer matrimonio a cambio de eso.

Del mismo modo, las mujeres que quieren quedarse en casa con sus hijos tienden a respaldar las deducciones fiscales o los subsidios familiares, mientras que las mujeres que quieren combinar trabajo y familia son más proclives a respaldar un mayor cuidado infantil y una licencia laboral por nacimiento garantizada.

En el largo plazo, estas diferencias pesan más que las características comunes de las mujeres. Los índices de aprobación de Palin entre las mujeres cayeron cuando éstas se empaparon un poco más de lo que ella representa. La razón principal por la que algunas mujeres --e incluso más hombres-- son más proclives a votar por una fórmula McCain-Palin no es por el género al que pertenece Palin, sino porque su presencia en la fórmula tranquiliza a los conservadores sociales sobre la voluntad de McCain de ajustarse a su agenda.

La nominación de Palin, sin embargo, podría tener una consecuencia inesperada en las opiniones sobre el género que tienen los conservadores sociales. Este verano (boreal), el Pew Research Institute determinó que sólo el 20% de los republicanos dijo que respaldaría a una candidata mujer que tuviera hijos en edad escolar. Hoy, esos mismos republicanos parecen no encontrar nada para criticar en el hecho de que Palin regresara al trabajo tres días después del nacimiento de su último hijo. Al respaldar la elección de una mujer de combinar maternidad con un trabajo exigente, los conservadores sociales hoy parecen coincidir con las feministas de antaño.


Stephanie Coontz enseña historia en el Evergreen State College en Olympia, Washington, y es Directora de Investigación y Educación Pública en el Consejo sobre Familias Contemporáneas. Su libro más reciente es Marriage, A History: How Love Conquered Marriage.


Copyright: Project Syndicate, 2008.

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