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¿Por qué tanto accidente de tránsito? Se culpa con insistencia a esa burda y explosiva mixtura de alcohol y gasolina como la principal causa en nuestra aldea global. El resultado de una ecuación que deriva en múltiples tragedias y contagia de luto y dolor a millones de seres humanos en todas las latitudes por donde circulan los herederos —humanos y veloces automotores— de la primera rueda de piedra neolítica, transmitiendo esta moderna y reciclada epidemia: dos millones de decesos por accidentes de tráfico en 2030 —según pronósticos de la OMS—, en competencia con el sida.

“Si toma, no maneje; si maneja, no tome”. Así suena este retruécano, clásico eslogan, socio crítico, el cual nuestros oídos han escuchado incontables veces y cuyo habitual destino parece ser: pasearse desde un pabellón auricular a otro, penetrando por un oído irresponsable para salir indiferente por el otro. Parece escuchar los sonidos del silencio. De poco sirven los elevados impuestos a la industria licorera, siempre habrá alguna forma de burlar la economía del bolsillo familiar por un vicio legal irreconciliable con la razón sensata.

¿Y lo que no paga tributo al fisco por ser ilegal? Ante la discutible marihuana legal y otras proscritas: “Si te drogas, no conduzcas…”. Las drogas ilícitas, cual serpientes venenosas, muerden, drenando alucinaciones en asesinos al volante, creyendo que Superman o James Bond reencarnó en su conciencia con plenos poderes y licencia para matar al prójimo, enviándolo a un desastre mortal. O aquellos que, acicateados por el verdor monetario de las apuestas en prohibidas carreras nocturnas, se internan en un salvaje desenfreno —rápido y furioso—, simulando un espacio virtual de PlayStation con víctimas fatales que se diluyen en un siniestro “game over” real.

Para los que se detienen con exceso en los “vinillos” mientras sus ojos miran cosas extrañas, la somnolencia e hiporreflexia se estrellan contra la humanidad peatonal a veces imprudente en competencia con el parque vehicular en ascenso numérico. Muchos creen estar lúcidos —no sienten malestar— como yaciendo en medio del océano, arriesgando vidas humanas y en ocasiones enviando al cielo algún errante perro callejero. Gente con moral de animales contra personas distraídas que caminan en las carreteras.

¿Qué de los abstemios? Conductores sobrios e inquietos por afanes rutinarios corren detrás del pan de cada día mientras sortean la prisa del tiempo con malas maniobras en conflicto con las leyes: causantes y víctimas de terribles accidentes.

¿Podrá la reforma a la ley detener esta torpe mentalidad? ¿O solo reforzará el olfato policial que husmea el fuego de inevitables mordidas, por conductores drogados, ebrios o no suplicando el perdón revocatorio de sus excesos violatorios ante la nueva Ley de Tránsito? La corrupción moral derrotando los principios legales, una vez más haciéndose de la vista gorda en un recodo aledaño —de una calle anónima— en alguna ciudad nicaragüense. En Rumania las multas son elevadas, pero nadie persigue a quien no las paga.

Como el lobo de Gubbia, son incontables las muertes por accidentes de tránsito que devoran en las autopistas del país a moros y cristianos, en un incógnito desenlace que espera: de la justicia una condena firme al conductor irresponsable, mejor prudencia del peatón, reflexiva conciencia ciudadana, adecuada infraestructura y educación vial, como la cura milagrosa de los motivos de esta nueva peste del siglo XXI. Que así sea.

 

* Médico cirujano.