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El ser humano es un ser esencialmente social: nace, crece, se reproduce y muere, siempre en relación con otras personas. Para regular esa relación, desde la más remota antigüedad, existen normas de cortesía, o de convivencia social, que orientan al ser humano a guardar respeto y consideración hacia los demás.

La cortesía es un valor ético, una cualidad moral de primer orden. Tiene como fundamento la Regla de Oro de las Relaciones Humanas, según la cual debemos de tratar a los demás, como quisiéramos ser tratados. Esta máxima reproduce las palabras de Cristo: “Hagan ustedes con los demás, como quieran que los demás hagan con ustedes” (Mateo 7:12).

La cortesía, o buenos modales, siempre ha sido valorada positivamente por la sociedad. Ayer, como hoy, la persona cortés, educada, tiene las mejores oportunidades de éxito en la vida y el trabajo. Le es más fácil conseguir empleo y desempeñarse con éxito, por las buenas relaciones que cultiva, la impresión agradable que causa, su capacidad de trabajar en equipo y sus cualidades que le facilitan conseguir clientes. La peor impresión que una persona puede dar, es ser vulgar, fanfarrón, grosero, pedante, engreído, hablar mal de los demás, faltar el respeto a sus superiores; ser en una palabra, descortés o mal educado.

La cortesía por su valor y trascendencia, debería ser objeto de atención preferente en la escuela, a fin de fortalecer la educación que se recibe en el hogar. Sin embargo, observamos que esta enseñanza tiende más bien a perder importancia con el tiempo. Estamos lejos de la época en que los buenos modales en los niños, eran motivo de preocupación de los educadores.

Para bien de los estudiantes y de nuestra sociedad, nos corresponde a los profesores fortalecer la enseñanza de la cortesía. Exigir a nuestros alumnos el cumplimiento de normas elementales de conducta como las siguientes: saludar al maestro cuando entra a clase; ponerse de pie cuando llega una autoridad educativa; guardar silencio y atender las explicaciones del maestro. Sigamos; apagar en clase el celular, no comer durante la clase, sentarse correctamente, levantar la mano para intervenir, pedir permiso para entrar en el aula –si el estudiante llega tarde–, dirigirse al maestro con respeto, no reñir, no gritar, no ofender, ni decir malas palabras, guardar fila y no empujar o atropellar a sus compañeros; emplear las palabras mágicas: “gracias”, “con permiso”, “lo siento”, “por favor” y “buenos días”.

Cuidar su higiene y presentación personal; no botar basura al piso; mostrar respeto a las autoridades y trabajadores de la escuela.

Viene al caso, la siguiente anécdota: Nicolás Sarkozy, expresidente de Francia, puso en su programa electoral lo siguiente: si ganaba las elecciones, haría que los alumnos de las escuelas públicas se levantaran cuando el profesor ingresara en el aula.

Enseñar cortesía a los estudiantes no es tarea fácil, por la formación deficiente que los niños traen del hogar; pero es un desafío que no puede eludir el maestro, si es que desea la formación integral de la personalidad del estudiante. “La inteligencia por sí misma, no es suficiente. El carácter, además de la inteligencia, esa es la meta verdadera” (Martin Luther King).

Para educar en cortesía, no basta dictar reglas. Es esencial motivar al alumno para que las practique siempre, en la escuela y fuera de la escuela, hasta que se transformen en hábitos, o rasgos de carácter. Es esencial, sobre todo, que el maestro practique las reglas que enseña, respete la dignidad de los alumnos y sea modelo de cortesía en la escuela y en la comunidad.

 

*El autor es psicólogo, Doctor Honoris Causa y Orden Miriam Fiallos Gil, del Consejo Nacional de Universidades.

naserehabed@hotmail.com