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Nuestros abuelos e inclusive algunos de nuestros padres acostumbraban a cerrar los tratos con un apretón de manos. Eran tiempos donde la palabra tenía valor; ambas partes tenían la certeza de que el otro cumpliría fielmente su compromiso.

Recuerdo la época cuando la familia salía de viaje y la casa quedaba sola. Bastaba con hablarle al vecino para que la cuidara, con la confianza de dejarle las llaves para que pudiera ingresar a ella, para regar las plantas o alimentar a las mascotas, sin ningún riesgo de sufrir pérdida de nuestros bienes. Éramos personas en las que se podía confiar.

El tiempo pasó y este tipo de relaciones solo quedó en el recuerdo. Hoy somos una sociedad muy diferente. Quizás se deba a que entre nuestros abuelos o padres hubo un desfase generacional y no aprendimos la lección. Pasamos de ser personas confiables a ser de poco fiar, individualistas y solitarios, encerrados en cuatro paredes de nuestra casa.

El crecimiento de las ciudades trajo consigo la necesidad de encerrarnos en colonias, en un círculo cerrado de personas atemorizadas y desconfiadas que ya ni conocen al vecino. La desconfianza se ha incorporado a nuestro diario vivir. Quizás porque alguien nos defraudó, porque creímos en un proyecto que resultó ser una ilusión, porque alguien se aprovechó de nuestra necesidad de un cambio verdadero y nos falló, provocando que hoy demos poco valor a la palabra.

En la actualidad, casi todas las relaciones de nuestra vida requieren firmar documentos para que, en caso de incumplimiento, nos obligue a cumplir los compromisos adquiridos. Inclusive en el matrimonio se realizan acuerdos prenupciales donde se especifica la forma en que se dividirán los bienes o los hijos en caso de que la unión se disuelva. No tiene sentido, ya que nadie inicia un proyecto considerando seriamente el fracaso.

Esto se debe a que nuestra palabra ya no tiene valor, a que rompemos con facilidad los compromisos adquiridos. A nivel familiar, los cónyuges fallan a su compromiso matrimonial; prueba de ello, el marcado incremento del número de divorcios iniciados de forma unilateral. Los padres ya no cumplen con sus responsabilidades ante los hijos, incrementándose el número de demandas por manutención.

Como resultado surge una generación que ya no da valor a la palabra y que tiene en poco el cumplir los compromisos adquiridos, repercutiendo en el ámbito social: se desconfía del congreso, de los tribunales de justicia, de los cuerpos de seguridad, de los políticos, etc., debido a seudodirigentes que anteponen sus intereses personales al bien común.

En este aspecto debemos ubicar el origen del problema en el ser humano, en los principios y valores que determinan sus acciones. Somos los únicos que poseemos cualidades dadas por Dios: conciencia, razón y moralidad. Hombres poco fiables generarán instituciones poco confiables. Hombres sin una base moral serán incapaces de cumplir sus compromisos.

De no corregir nuestra conducta, estaremos camino al fracaso. Es necesario que reaccionemos analizando en primer lugar si, como individuos, somos confiables en el rol que jugamos en la sociedad: cónyuges, padres de familia, hijos, trabajadores, empresarios, políticos, líderes religiosos, ciudadanos, gobernantes. Todos debemos revisar si somos confiables.

Cumplamos nuestros compromisos, démosle valor a nuestra palabra. Que nuestros hijos aprendan en primer lugar a confiar en nosotros, que nuestra palabra sea para ellos de honor. Esto evitará que cuando lleguen a la vida adulta se aíslen en individualidades, y en cambio inducirá que aprendan a vivir en comunidad, siendo ciudadanos útiles y responsables.

Seamos cónyuges fieles que respetan y guardan el pacto matrimonial, que edifican un hogar confiable y seguro, de manera que las nuevas generaciones tengan un modelo al cual imitar. Que nuestras relaciones laborales y comerciales se caractericen por ser justas y honestas, quitando el deseo de ganancias deshonestas o de sacar provecho de los demás. Que las leyes, la política y el gobierno busquen el bien común y la transparencia.

El país necesita de gente confiable, hombres y mujeres cumplidores de su palabra. Cada uno de nosotros puede operar un cambio de conducta, siendo responsable ante los compromisos adquiridos, siendo personas honorables, que cumplen su palabra. ¿Cómo se puede lograr? No con filosofías humanas, porque nadie puede cambiarse a sí mismo, sino volviendo a Cristo Jesús, el único que puede transformar nuestro ser interior, esa naturaleza que nos induce a actuar de manera egoísta. ¿Quieres un cambio profundo en la sociedad? Comienza por ti mismo.

 

* Director del Centro de Capacitación Familias en Paz.

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