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Recuerdo la primera vez que vi al compañero Carlos (1963); llegó a la oficina del FLN (Frente de Liberación Nacional) en La Habana, Cuba, que me había sido entregada por el compañero Rodolfo Romero, quien se desvinculaba en aquellos días del movimiento.

En ese momento solo quedaban: Jorge Navarro, Carlos Tinoco y Modesto Duarte; a los cuatro los recibimos. Desde el comienzo me impresionó su presencia, nos explicó que había que reestructurar el movimiento, y comenzaríamos por cambiar las siglas de FLN a FSLN, fundamentando ese cambio en Sandino como símbolo de la lucha por la soberanía y la liberación nacional. Le dije que le entregaba las oficinas y me contestó: “No, usted se quedará al frente de las oficinas, y sé que jugará un buen papel”. Aclaró que todos los que estábamos en el FLN pasábamos naturalmente a ser fundadores del FSLN.

Por esos años ya existían movimientos consolidados de América Latina y otras partes del mundo que tenían representación en Cuba. La Revolución formó un viceministerio al frente del cual se nombró al comandante Manuel Piñeiro, que sería el puente entre estos y la revolución. Carlos era atendido por Piñeiro y la Revolución Cubana empezó a brindar su apoyo orgánico y sistemático al FSLN.

Hablar de Carlos Fonseca es algo que me conmociona, su austeridad, exigencia a sí mismo, incondicional solidaridad, su sensibilidad y ternura, era algo que tocaba íntimamente; fui su confidente en sus inquietudes, conocí su carácter. Conmigo él tuvo una gran equivocación; sin embargo, me dijo: “Me equivoqué contigo, tenías la razón, el compañero que te calumnió y que te hizo tanto daño ha quedado al descubierto, discúlpame”. Nunca le guardé rencor, lo quise mucho, pues siempre reconocí en él al jefe revolucionario de estatura histórica que fue capaz de aglutinarnos, guiarnos y estimularnos para hacer posible el triunfo.

Cuando salí de Nicaragua después de estar presa y torturada, llevaba la nariz fracturada, los cartílagos rotos y unos grandes dolores en la columna. Él llegó al hospital donde yo estaba y me abrazó largamente; de repente yo me di cuenta de que él estaba llorando.

Una vez me envió a China, para participar en un evento internacional y conocer aquella experiencia. Al regresar a La Habana, me preguntó cómo me había ido. Le dije que había saludado al presidente Mao Tse Tung personalmente; por cierto, que me había impresionado su personalidad, en particular sus manos, que eran extremadamente delicadas, sedosas. Se las sostuve por un largo rato; de las muchas manos que yo estreché en mi vida, nunca había sentido unas tan finas como esas. Conté también de los sitios históricos de la revolución, como los grandes túneles completamente bajo tierra, construidos en la lucha por la liberación de China. Carlos se puso a reír medio escandalizado por la referencia a sus manos, pero inmediatamente nos expresó con su fe irreductible y contagiosa que, “así como los chinos habían triunfado, también nosotros triunfaríamos en Nicaragua”.

En la víspera de su venida a Nicaragua (1976) se apareció en mi casa. Yo había recogido a mi pequeño hijo Carlos en su escuela, pues me llamó para decirme que se sentía mal y me lo llevé al hospital; tenía hepatitis B. Cuando Carlos Fonseca llegó, mi hijo estaba en el suelo jugando con unas canicas. Carlos resbaló sobre ellas y cayó al suelo. Yo no podía levantarlo y pedí ayuda a los vecinos. Él le dijo una palabrota a mi hijo, pero después lo chineó, lo apapachó y le pidió disculpas.

Me comunicó que tenía que volver a Nicaragua, si no quería perder el liderazgo. Yo le contesté: “El liderazgo nunca lo perderás, pues lo tienes bien ganado, no importa lo que digan o piensen; tú eres y serás nuestro máximo líder, Carlos; ya no eres un jovencito y tu miopía no te ayudará en la montaña, por favor, piénsalo”. Nos abrazamos, sentí que esa era nuestra última despedida.

 

* Ceramista y vitralista.

Febrero, 2014