•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Cuando Jesucristo instituyó su Iglesia no estableció una estructura administrativa, sino que esta –desde los apóstoles hasta hoy– se ha ido desarrollando según demandan las necesidades. Jesús solo escogió a los apóstoles (enviados) y designó a Pedro como el principal entre ellos. Los apóstoles posteriormente ordenaron obispos (superintendentes) que serían sus sucesores. Con los obispos colaboran los presbíteros (ancianos) y los diáconos (servidores). Como Pedro fuera Obispo de Roma, su sucesor como tal lo sucede como cabeza de la Iglesia. Juan 6:60-70; Mateo 16:13-19; 1Timoteo 3:1-10; Hechos 15:1-2.

Los apóstoles nombraron a los primeros obispos y posteriormente se fue introduciendo un sistema de elección por los miembros de la comunidad que formaban una iglesia local o diócesis, y por los obispos de las diócesis cercanas. Hoy a los obispos los nombra el Papa, entre los propuestos mediante un proceso muy discreto de selección realizado en cada Provincia Eclesiástica por los obispos y el Nuncio. Cuando un obispo solicita un obispo auxiliar, el Papa elige de una terna propuesta directamente por el obispo solicitante. Para Obispo de Roma, sucesor de Pedro, la elección antiguamente la hacían los presbíteros y diáconos de Roma bajo supervisión de los obispos de diócesis cercanas, y luego se sometía a la ratificación de la comunidad. Ese sistema con el tiempo dejó de ser práctico porque la comunidad no era ya de unos cuantos cristianos, sino de miles que formaban divisiones y tumultos. En el Concilio Lateranense II en 1139, quedó determinada la elección papal como una competencia exclusiva de los cardenales.

El Colegio de Cardenales tiene su origen en los presbíteros y diáconos de Roma, más los obispos de las diócesis sufragáneas o suburbicarias (originalmente suburbanas) de Roma. Desde el pontificado de Silvestre I (314-335), el Papa acude a ellos como cuerpo consultivo. Desde el siglo XII, se incorporaron al Colegio Cardenalicio miembros de fuera de Roma. Dado que en sus orígenes, los cardenales eran los clérigos al servicio de la diócesis romana, incardinados (incorporados) a ella; hoy a cada cardenal se le asigna un título simbólico que puede ser un obispado suburbicario de Roma, o como presbítero o diácono de un templo de Roma. La dignidad de cardenal es el más alto título que puede conceder el Papa. Además de ser los electores papales, los cardenales gobiernan la Iglesia en Sede Vacante, son consejeros del Papa, presiden o integran Secretarías, Comités, Comisiones, Dicasterios y otras estructuras de la Santa Sede, y algunos rigen las arquidiócesis más importantes del mundo.

Ser cardenal implica estar incardinado (incorporado) en la Sede de Pedro; también deriva del latín cardinal (principal) y de cardo (bisagra), lo cual sugiere la función de punto de apoyo que desempeñan: bisagras alrededor de las cuales gira el edificio de la Iglesia en torno a Jesucristo y a su Vicario en la Tierra. Usan el color rojo escarlata por su disposición a derramar su sangre por la fe. Ya no usan capelo (sombrero), solo en sus escudos. Le son impuestos por el Papa el solideo y birrete rojos, y un anillo simbolizando su compromiso con la Iglesia Universal (católica significa universal). A los cardenales, se les trata de Eminencia; y si son obispos o arzobispos, Eminencia Reverendísima. Protocolariamente la palabra “Cardenal” pasa a formar parte del nombre –antes del apellido– como por ejemplo, nuestro nuevo cardenal sería Su Eminencia Reverendísima (que se abrevia S.E.R.) Leopoldo José Cardenal Brenes Solórzano. Aunque según la costumbre de hoy, normalmente lo llamaremos: S.E.R. Cardenal Leopoldo José Brenes Solórzano.

 

¡Dios bendiga, ilumine y fortalezca a nuestro querido pastor, el Señor Cardenal Brenes!

 

*Abogado, periodista y escritor.

www.adolfomirandasaenz.blogspot.com