Jorge Eduardo Arellano
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Allá por los años treinta, los enfermos mentales andaban al garete por las polvosas calles de Managua. Sería exagerado decir que todos; solo los pobres eran viandantes, los ricos de la ciudad encadenaban sus locos en el fondo del solar; uno para que no anduvieran llenando de vergüenza la heráldica familiar y dos, para que convivieran con los mejores amigos del hombre, los perros.

Los orates de la gleba eran libres. Sus parientes, sin recursos para alimentarlos, les daban la calle y la colectividad tenía que convivir con ellos y sufrir sus excesos violentos, puesto que no existía un lugar donde darles alimento y tratamiento psiquiátrico.

Los mataperros del barrio se encargaban de apedrear a locos y locas, ellos respondían como podían a esos ataques. El que esto escribe vio cómo un “lajazo” rebotó en la frente del loquito Santirillo, un viejecito que tenía una mano chiquita y temblorosa, por lo cual también le decían “Santirillo, Manito de Punche”.

La sangre brotó a borbotones de la frente del ancianito que calló sentado en media calle. Temblando su cuerpo como varita de mimbre, lloraba a lágrima viva desde sus ojitos de santito, como diciendo: ¿por qué? ¿Qué daño les he hecho?

Pero quiero contarles algo sobre La Tala, que fue por ese tiempo el terror de los barrios Campo Bruce, El Calvario y La Mecatera. Cuando la conocí era una mujer como de cincuenta y cinco años. Su cabellera negra, lacia y sucia, caída sobre la cara, daba un marco gris y siniestro al rostro renegrido, remarcado por una profunda cicatriz en plena frente, eso hacía más negrasy hondas las cuencas desde cuyo fondo miraban sus ojillos de gavilán, siempre en busca de una presa.

Algunos decían que se llamaba Carmela y que, con el grado de coronela, había participado en la batalla de Namasigüe donde vio caer a sus dos hijos, tragedia que le alteró la razón. Lloraba y reía al mismo tiempo, era tierna y furiosa por etapas. Su corazón de madre quedó en un caos que contribuyó a hacerlo más insondable la soledad y el menosprecio de la sociedad.

Vivía en un rincón del solar de la familia Ramírez, más acá de Sábana Grande, donde le daba algún bocado. Desde ahí comenzaba sus correrías por las calles, arrastrando una rama de tigüilote, amenazando a los caminantes e invadiendo ventas y hogares en los que destruía lo que encontraba.

De ella guardo una tierna experiencia de amor.

En 1937 mi madre vivía en una casa esquinera, ubicada una cuadra abajo del límite oeste del Aeropuerto Xolotlán. Yo tenía cuatro años y estaba jugando con mi carrito de plomo en la acera. De repente, vi que a la distancia sur venía La Tala arrastrando su rama. La perdí de vista porque se metió a la venta de don José Areas donde, en medio de risas grotescas y chillidos entusiastas comenzó a lanzar a la calle los frascos de confites y otros chunches que tenía el señor en su estante. A don José y a su esposa, no les quedó otra que gritar para ver si se marchaba la loca.

Vi aquello desde la perspectiva indiferente de espectador infantil, más ensimismado en el juego con mi carrito. Después de su vandálica hazaña, La Tala salió de la venta y entre risotadas siguió su camino en dirección a donde yo estaba.

Inocente la vi acercarse y detenerse a casi metro y medio de mi persona. Vi que me miraba con una mueca retorcida, que pretendía ser de agrado desde su oscuro y macilento rostro.

Mi madre hasta ese momento se dio cuenta del peligro, y salió temblorosa de horror. Acertó a tomarme de la mano y me dijo: “Hijito entrá, que ya está listo tu fresco”.

Qué sentimientos maternos de ternura pasaron en aquel momento por el enfermo cerebro de La Tala, lo ignoro, sólo queda hacer deducciones de su trágica vida en la guerra.

Con su sonrisa desdentada, la loca le dijo a mi madre:

“El niño, el niño, yo no he querido asustarlo. Arrurú niños lindos… El niño… El niño… El niño”.

Recogió la rama y prosiguió su camino en busca de nuevas aventuras.

 

*Catedrático de periodismo.