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En Venezuela como en Ucrania, los respectivos gobiernos en vez de discutir, de dialogar, optaron por reprimir a sus opositores con todo lujo de violencia. El resultado: muertos, heridos y reprimidos.

Hay muertos en ambos países y en ambos bandos. Y está ocurriendo con una simpleza que asombra y ante los ojos del mundo entero, que no reacciona como debería por temores infundados y poco éticos. Y otra parte, que justifica increíblemente y sin pudor alguno la matanza entre personas por el único hecho de pensar diferente que el gobernante de turno.

En Ucrania ya hubo acuerdos, no obstante, decenas de muertos primero. Ya la represión y las protestas han bajado de tono, pero en Venezuela no se ven visos de tranquilidad social, y más bien la tensión aumenta cada día. Allá también hay muertos y hay gente sufriendo por esos muertos. No se debe creer que por ser menor la cantidad, en relación a Ucrania no vale preocuparse. Una vida es una vida. Hay un padre, un hijo, una hija, que se ha perdido.

Lejos de buscar un diálogo en Venezuela, la clase gobernante y sus grupos parapartidistas se han dado a la tarea de reprimir duramente por medio de golpizas, balazos, allanamientos, cierre de vías de transporte y cierre de diversos medios de comunicación, como una clara muestra de su incapacidad para arreglar la situación.

El Gobierno no ha sido capaz de devolverle a Venezuela una tranquilidad económica, social y política, que perdió desde que inició un proyecto político a finales de los 90, para muchos tildado de totalitario y autoritario, para otros, como un sistema que traía soluciones a desigualdades a este lado del mundo.

La situación venezolana es caótica, solo basta ver los siguientes temas de forma resumida: los altos niveles de inseguridad en los cuales viven sumidos. El índice de homicidios por día –es hoy el tercero más alto a nivel mundial–; la falta de libertades. A todas luces, se niega el derecho a protestar, a circular libremente a la población.

La grave crisis económica derivada de un plan económico altamente insostenible; el paso de ser una economía productora de diversos bienes y servicios, a ser una nación monoproductora y, por lo tanto, dependiente del petróleo, y, lo peor, dependiente de los países aliados en Petrocaribe y en Alba para comprar productos básicos como arroz, frijoles, carne y otros.

Los líderes opositores acusan de una inmensa corrupción a los “chavistas”. Gritan públicamente que los militantes del sistema, más que como funcionarios han servido para desmantelar los avances en infraestructura, tanto vial como petrolífera. Añaden que esto “ha conllevado a que exista una nueva “burguesía” que viaja a Miami y a Europa para hacer compras excéntricas, con dólares que solo esa nueva clase social tiene en su poder”.

Con esos tópicos, por no mencionar más, el pueblo, y sobre todo la juventud venezolana, ha salido a las calles a protestar por corregir el camino “errado” en el cual se encuentran. Y ya va una semana y otra, y nada de llegar la paz.

Creo firmemente que el Gobierno debe reconocer que si se ha equivocado, si ha permitido a su nación sumirse en una crisis económica y social innecesaria, debe rectificar de inmediato. Lo mejor es y será encontrar una salida a través del diálogo auténtico, constructivo con la población, con la oposición, con todos los sectores, de lo contrario el descontento legítimo social irá aumentando y la situación podría terminar como en Ucrania.

 

* Analista internacional.