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Definir el tiempo en que vivimos no es tarea fácil, debido a las contradicciones continuas a las que somos sometidos. Es evidente que la productividad prima a la hora de hacer una valoración personal, que consiste en la capacidad de producir más en menos tiempo. Esa productividad es la que en numerosas ocasiones nos fuerza a relegar aquello que nos constituye, nos define o, simplemente, nos hace felices. Vivimos en un tiempo en que la urgencia parece ser más importante que la prioridad.

Así pues, aquellas aptitudes o intereses que no produzcan un bien tangible parecen insuficientes o secundarios.

Las personas nos definimos por lo que hacemos o lo que tenemos, pero no por lo que somos o lo que sentimos y esta filosofía de vida parece trasladarse a todos los campos, y la educación no podía ser menos. Atrás quedaron ya los tiempos en que el alumno debía ir a la escuela para aprender, disfrutar o, simplemente, pasar el rato creciendo con sus iguales.

La escuela se ha convertido en un sistema burócrata definido por competencias y medido a través de pruebas estándares que igualan, pero no siempre en el buen sentido de la expresión.

Una buena valoración de nuestra enseñanza y de nuestra labor docente debe partir de la unicidad de cada uno de los alumnos a los que tenemos el privilegio de formar, de su situación previa y de su ritmo de aprendizaje.

En esto consiste la educación lenta. Una reivindicación necesaria en la que el niño es el centro y no hay una perversión del concepto de escuela. La escuela surge para formar al niño, se plantea como un medio facilitador de un fin.

El problema aparece cuando pervertimos la jerarquía (como ha pasado con la economía, el derecho y tantos otros campos), confundiendo el medio con el fin y colocando al niño al servicio de la escuela en lugar de la escuela al servicio del niño.

Toda escuela debería tener la obligación de adaptarse a su alumnado. Debe respetar el tiempo de cada persona y debe tener tiempo para conocer en profundidad a cada uno de sus aprendices. La educación, si pretende la comprensión y el aprendizaje pleno, implica un proceso lento, algo que en nuestro tiempo parece inviable. Juan Domenech afirma: “Quizá la crisis de la educación también es una crisis provocada por la velocidad”.

En este siglo vertiginoso, hemos acelerado el proceso de la infancia: los niños ya no juegan, ya no imaginan… no tienen tiempo de aburrirse, de creer en cuentos de hadas o de imaginar que son piratas… el tiempo que nos sobra es posiblemente el más productivo que tenemos, es en el que nos relacionamos, cuidamos de los nuestros, disfrutamos de una puesta de sol, leemos por el puro placer de leer…. y, sin embargo, no hay tiempo para que los niños sean simplemente niños.

Quizá el problema se encuentre en la expectativa del adulto y en la manera cuantitativa de calificar la educación de un niño. Los exámenes, las notas, los deberes… la preocupación más habitual en las familias no es si los alumnos han aprendido, sino si han obtenido buenos resultados académicos… y contra esto la educación lenta propone un nuevo paradigma: “Se trata de dar una respuesta a los retos que la sociedad plantea al modelo educativo a consecuencia de su concepción de tiempo”.

Hay distintos tipos de alumnos, distintos estilos intelectuales y de aprendizaje. Hay personas más activas, más teóricas, más pragmáticas, más reflexivas. La naturaleza humana no es programable, y la educación lenta propone no cambiar esto, sino adaptarnos a ello.

Se trata de dejar de exigir para dar. Dar espacio y tiempo a nuestros niños.

 

* Profesora de los grados en Educación Infantil y Primaria de la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid.