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El diario Washington Post, del 2 de marzo pasado, publicó un editorial en el que afirma que la política exterior del presidente Obama se basaba en la fantasía.

El editorial, aunque sutil, era categórico. Pintaba a un presidente norteamericano indispuesto a involucrarse en los problemas mundiales. Y entre líneas, dejaba ver que el idealismo del Presidente lo ha sacado de los temas globales. Con ello, Washington ha perdido liderazgo frente a Rusia y China. Además que le desconoce méritos en su manejo de la política exterior estadounidense, en los últimos 6 años.

Simplemente afirma que “… el mundo es más peligroso sin su liderazgo y que el desorden global podría amenazar la prosperidad de EU”.

¿Fue consciente el editorialista de que un Presidente ganador de un Nobel de la paz no puede ser un vaquero sin ley? (¡Ello, desde el principio, ató sus manos para cualquier aventura militar!).

Creo que el presidente Obama prefiere la diplomacia multilateral y el consenso internacional. Es un sensato e incluyente forjador de alianzas con la Unión Europea, cada vez que surgen crisis mundiales.

El editorial pone a Estados Unidos como una nación que no quiere comprometerse en nada. De ello, rusos y chinos están sacando mucha ventaja. Hay algo de cierto. Pero no por Obama.

Así, veo que en Washington algunos siguen pensando que el mundo es igual al de 1945. O, ¿los valores de Estados Unidos son superiores; el mundo está deseoso de imitarlos y ellos están predestinados a regir a las naciones más allá de cualquier esfuerzo de otros pueblos por surgir sanamente y asentarse como naciones desarrolladas ejemplares?

Cabe preguntarse cuando se ven los edificios en Washington: ¿En realidad anhelaban construir otra Roma? o ¿En el fondo sentían el deseo desbordante de superar a Genghis Khan, en cuanto a la extensión de su dominio?

Así también, atribuirle el peligro y desorden mundiales a la falta de amenazas, acciones correctivas o punitivas de los Estados Unidos, tiene más similitud con la Doctrina Monroe que con cualquier sentido de liderazgo moderno que Washington deba asumir.

¿Es arrogancia? ¿Hay otros adjetivos menores o estoy prejuiciado?

Los conflictos en el mundo son muchos. Pero sus causas tienen que ver más con la invariable naturaleza humana: la ambición y la codicia, la intolerancia, la vanidad, o el complejo de superioridad.

O simplemente la lucha feroz e inmisericorde por el poder. Y su derivación se proyecta hacia lo macro. Por esa razón, los Estados parecen seres con emociones y actitudes iguales a los humanos.

Es cierto que en la medida que los Estados Unidos más se excluyan de ser los policías del mundo, otros van a querer ocupar ese vacío que se deja. Esa es una ley de la política.

Además, la agenda de Obama a lo interno no es nada fácil: déficit fiscal, deuda interna copiosa, quiebras financieras e inmobiliarias, encontronazos con republicanos en ambas cámaras, seguridad social, inmigración, etc.

No creo que al presidente Obama, a quien erróneamente se le llama socialista (¿el ser justo y solidario debe necesariamente tener sustento en una ideología o puede ser una opción cristiana?); y negro (¡siendo tan equitativamente blanco como afro-descendiente!), deba tildársele de culpable tras cada amenaza surgida o crisis en escalada en el planeta.

Después de la era del presidente Woodrow Wilson (1913-1921) –uno de los arquitectos de la Liga de las Naciones, Washington se aisló del mundo para enfocarse en sus asuntos domésticos. Y así estuvo hasta 1941, cuando fue atacada por Japón en Pearl Harbor. En ese lapso, los presidentes (Harding, Coolidge, Hoover) eran caucásicos.

En esa época, Gran Bretaña declinaba, aunque siempre manteniendo sabiduría intelectual, científica y prudencia económica (pero sin nunca ser discordante con su hija-nación: Estados Unidos); Rusia era, aún más, un monstruo territorial y su recién encontrada fórmula estalinista de potencia rivalizaba con Washington; Alemania, también menguaba su poderío militar, luego de las guerras de 1914-1918 y 1939-1945; Japón se envalentonaba en el sud-este asiático, gracias a su férrea disciplina y patriotismo a ultranza; y Francia perseguía su otrora grandeza napoleónica, reafirmada por De Gaulle, intentando mancomunar a Europa.

Hoy cualquier estado o unión económica bien puede rivalizar con Estados Unidos. Ya no solo Washington puede reclamar para sí el liderazgo global. Los chicos pequeños de ayer ya pueden liarse a golpes con los grandes, aunque antes se les viera de menos.

¿Se ha enterado Washington de que los otros estados crecen, se hacen robustos, fuertes, tienen valores propios, y son inteligentes también?