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En Costa Rica, el Partido Acción Ciudadana (PAC) surge en la coyuntura electoral de 2001. Con una propuesta sustancialmente ética que pretende modificar la visión y práctica de la política, mediante una rigurosa reivindicación de la moral pública. Su crítica apunta especialmente contra los partidos tradicionales, el Partido Liberación Nacional (PLN) y el Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), paralelas históricas que desde la mitad de los años ochenta han canalizado los intereses del pacto estructural oligarquía-imperialismo, permeados hasta la médula por la corrupción y convertidos en máquinas electorales que impulsan la agenda neoliberal.

Ideológicamente, no se define como un partido de izquierda y no tiene hasta ahora una propuesta societal. El énfasis reduccionista de su oferta programática, centrada en una reforma ética del sistema político, sin realizar una conexión explícita entre la degradación de la moral pública y el modelo, neoliberal, de política económica imperante (sus estructuras, su lógica y sus valores), ha puesto en evidencia las inconsistencias que han acompañado al PAC a lo largo de más de una década de práctica política.

Tres límites del PAC. Por un lado, un cuerpo carente de cohesión ideológica, donde concurren y se enfrentan gentes de izquierda (antineoliberales y antipatriarcales), gentes de derecha (neoliberales y patriarcales) y camaleones políticos. Dos, sobre este cuerpo, la gravitación desmesurada del caudillismo filisteo de su fundador, Ottón Solís, proclive a maniobras de cúpula y refractario a los movimientos populares. Y tres, la repetición de la tesis oligárquica que absolutiza las particularidades históricas de Costa Rica y alimenta un chovinismo de aldea antilatinoamericano y especialmente anticentroamericano.

Luis Guillermo Solís es un hombre honesto que viene de la academia y no pertenece a la casta de traficantes de la política que ha gobernado el país desde mediados de los ochenta. Ideológicamente es un socialdemócrata progresista, que no ha optado por el transformismo político. Con una virtud-carencia: orienta su conducta respetando cautelosamente la correlación de fuerzas políticas. No es alguien que se va a arriesgar desde arriba a impulsar una construcción de los de abajo, que cambie a favor de estos la correlación de fuerzas existente.

¿Qué se puede esperar de su gobierno? Que pueda sacar por lo menos del Ejecutivo a una especie de casta corrupta y organice un equipo honesto e inteligente. Lo que podría disminuir el cinismo, pero no terminar con la corrupción, debido a la visión epidérmica que tiene su programa de este fenómeno. En política económica, podrá haber un cambio de orientación importante entre la visión de un keynesiano ilustrado como Helio Fallas (quien desde la vicepresidencia dirigiría la política económica) y la que tiene la poderosa ministra de comercio, Anabel González, predicadora puritana de la ortodoxia más rastrera.

El problema está en que después de la orgía de TLC (especialmente después de la firma del Cafta y del AdA con la Unión Europea) se consolidó el arraigo del implante neoliberal en la sociedad, y este, sin cambios estructurales, deja muy poco margen para políticas alternativas. Solís podrá frenar lo poco que queda en el cumplimiento de la agenda ortodoxa, pero no se atreverá a modificar las estructuras del implante. En suma, en política económica lo previsible es que tengamos un neoliberalismo gestionado con un esfuerzo más asistencial (si los márgenes de endeudamiento lo permiten) y poco menos espacio para la inversión depredadora.

En relación con los posicionamientos que hoy se dan en Latinoamérica y el Caribe, es probable que un gobierno PAC sea un poco menos sumiso a los Estados Unidos, que los gobiernos de Chinchilla o de Arias, pero guardará una prudente distancia con los gobiernos progresistas.

¿Y las relaciones con Nicaragua? Cuando la campaña electoral pasó a una segunda ronda, Daniel Ortega envió un mensaje a cada uno de los dos candidatos contendientes, solicitándole a quien asumiera la presidencia un diálogo, para resolver las diferencias entre Costa Rica y Nicaragua.

Después de esta misiva, Solís se reunió con el canciller Enrique Castillo (un funcionario de origen nica) y salió repitiendo las palabras de este: que no podía haber diálogo con Nicaragua hasta que la Corte de La Haya resolviera las demandas planteadas por Costa Rica (es decir, dentro de unos 5 u 8 años). La actitud de Araya fue mucho más sensata. “No me puedo negar al diálogo”. “Ojalá podamos resolver nuestras diferencias”, dijo.

Como se sabe, Johnny Araya se retiró oficialmente de la campaña electoral. Salvo algún evento imprevisible (en una contienda signada por la volatilidad y las sorpresas), es casi seguro que Luis Guillermo Solís será el próximo presidente de Costa Rica. Lo será, sobre todo, porque la oligarquía tica, en su conjunto, está consciente de que un gobierno del PAC no afectaría sus intereses; y su sector más lúcido prefiere a Solís que a Araya. Porque un gobierno del PAC vendría a crear en el imaginario popular la ilusión de que la sociedad está cambiando, aunque lo sustantivo permanezca inmutable. Y el recurso del “gatopardismo” siempre ha resultado muy eficaz para apuntalar la hegemonía en crisis de las clases dirigentes.

 

* Planificador económico, historiador y sociólogo.