Jorge Eduardo Arellano
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En diciembre de 1788 se abrieron las urnas para la primera elección presidencial estadounidense. Al cerrarlas, un mes después, unos 39 mil hombres blancos, libres y dueños de propiedades, los únicos elegibles para participar en las elecciones, habían votado. Eligieron mayoritariamente a George Washington.

Un siglo después, casi 11.5 millones de estadounidenses masculinos, mayormente blancos, votaron por Benjamin Harrison, el nieto del noveno presidente del país. A pesar que el color de la piel ya no podía ser usado legalmente como excusa para prohibir que un hombre participara en las elecciones, en la práctica muy poca gente de color fue a votar en 1888.

Hoy, unos 130 millones de estadounidenses, de ambos géneros y de todos los colores, votarán, y sin importar cuál de los partidos salga victorioso, los Estados Unidos tendrá ya sea un presidente de color o una mujer vicepresidente.

A lo largo de estos 220 años, la democracia estadounidense, reflejada a través de nuestro sistema electoral, ha venido haciéndose cada vez más inclusiva. A pesar de una guerra civil catastrófica, numerosos reveses económicos, una expansión territorial masiva, y la asimilación de millones de inmigrantes durante dos siglos, los Estados Unidos de América no ha dejado de llevar a cabo una elección presidencial en la fecha establecida, ni ha derrocado a un presidente mediante medios legislativos ni militares, aunque Richard Nixon decidió renunciar bajo la amenaza de destitución inminente.

Gran parte de esta estabilidad puede ser atribuida a nuestra Constitución, la cual ha comprobado ser resistente y flexible. Tras la aceptación colectiva de las primeras diez enmiendas a la Constitución en 1791, conocidas como la Declaración de Derechos o The Bill of Rights, en inglés, hemos hecho sólo 17 enmiendas a la Constitución en casi 200 años. De estas diecisiete, 12 de ellas, o sea casi tres cuartas partes, han sido pasadas para aclarar las reglas electorales aplicables a la elección del presidente o los miembros del Congreso o bien para ampliar el electorado para incluir a minorías raciales, mujeres y jóvenes.

Entre las enmiendas más importantes estaban la 14 y la 15, las cuales aseguraron que todos los varones mayores a los 21 años pudiesen votar, sin importar la raza, propiedad u otras calificaciones, y la 19 que les dio el derecho al voto a las mujeres. La enmienda número 26 también amplió el electorado al bajar la edad mínima para votar a 18 años.

Existen muchas oportunidades para ejercer el derecho al voto, ya que en los Estados Unidos se realiza algún tipo de elección cada año. Los electores acuden regularmente a las urnas para decidir sobre una gran variedad de referendos e iniciativas, para revocar a oficiales electos, o para participar en elecciones municipales, de condado o estatales. Cada dos años, los estadounidenses eligen a cada uno de los miembros de la Cámara de Representantes y a un tercio del Senado.

La vibrante sociedad civil estadounidense está manos a la obra en todas estas elecciones. Millones de personas donan dinero, se ofrecen de voluntarios para trabajar en las campañas, van casa por casa para promover a sus candidatos o sus causas y fungen como fiscales u observadores de encuestas. Los llamados “bloggers” llenan el internet con sus puntos de vista. Los comentaristas ofrecen sus opiniones por televisión y radio. Los periódicos y medios electrónicos cubren las campañas y a menudo expresan sus preferencias en las secciones editoriales de los diarios o de los programas.

Los grupos raciales y étnicos, las cámaras de comercio y sindicatos laborales, las asociaciones profesionales y de intereses regionales, los productores y los jubilados, los medio-ambientalistas y las congregaciones religiosas; todos ellos se hacen sentir mediante reuniones, propagandas y volantes.

Miles de extranjeros, desde periodistas hasta oficiales electos, junto a cientos de miles de estadounidenses, estarán presentes para ser testigos de primera mano de las elecciones de hoy. Aunque cada Estado, incluso cada distrito electoral, puede establecer sus propias reglas, siempre y cuando estas reglas no choquen con las garantías constitucionales, cualquier persona, sin importar su nacionalidad o afiliación política, puede observar las juntas receptoras. Se requiere muy poco en términos de coordinación o aprobación de parte de los oficiales.

Como estadounidenses estamos orgullosos de la manera en que llevamos a cabo nuestras elecciones y le damos la bienvenida a todos aquellos y aquellas que compartan nuestro amor por la democracia. Esto le agrega legitimidad y credibilidad al proceso.

¿Es éste un sistema perfecto? No, está lejos de serlo. Pero ha perdurado y se ha expandido y ha llegado a aceptar a todos los estadounidenses sin importar la raza, el credo o el género desde la época en que aquellos pocos hombres blancos dueños de propiedades fueron a las urnas hace 220 años a elegir a George Washington.

En este día de elecciones, los estadounidenses saldrán masivamente a ejercer el derecho al voto y a ratificar su creencia en la democracia. Esta noche, al reunirme con cientos de nicaragüenses y estadounidenses para ver los resultados, celebraremos este experimento tumultuoso, impetuoso y caótico de libertad y auto-gobierno, esta alegre expresión de voluntad popular. Esperamos que, en un futuro cercano, todos los ciudadanos de todo el mundo tengan la misma oportunidad. Es un derecho humano fundamental, es su derecho y la mejor garantía para sus libertades personales.

* El autor es embajador de los Estados Unidos de América en Nicaragua.