Jorge Eduardo Arellano
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El gobierno danielista llegó arrastrando las alas quebradas de una revolución que tuvo la tragedia de fenecer durante el intento de afirmarse en la historia. Ahora, el danielismo trata de convencer que su gobierno representa las segundas nupcias de la revolución con la historia, pero todo lo está haciendo degenerar en una tragicomedia. Junto al esfuerzo por vender su proyecto, el danielismo se adorna de ridiculeces que pretende hacer pasar por originalidades, causando a la vez recelos y risas.

Las categorías sociales definidas por la ciencia como clases, las ha sustituido por caricaturas “ideológicas”, en armonía con las figuras caricaturescas que les ha impreso a los símbolos nacionales. Los nuevos oligarcas, nacidos y crecidos a la sombra del poder revolucionario, son “Los pobres” del danielismo, y los viejos grupos sociales dominantes son “Los oligarcas ladrones”. Por asimilación forzosa, quienes no obedecen las líneas políticas de “Los pobres”, son sirvientes de “Los oligarcas ladrones”. Los coloretes de las rositas con que adorna los caricaturizados símbolos de la nación se los imprimió a la “marca país” para promover el turismo internacional, con el lema de “Nicaragua... única y original”.

Para que su tremendo brote de creatividad --que Nicaragua es única y original-- no se desperdicie, el danielismo quiere que este lema turístico sea una “marca país para siempre”. Están convencidos de que ese lema es genial, porque, en todo este “universo mundo”, no existe ningún otro país con la originalidad de ser hecho artesanalmente; en cambio, los otros desventurados países, fueron producidos industrialmente, y en serie.

Los opositores que ya agotamos nuestra cuota de años que corresponden a las expectativas de vida de los ciudadanos de tercer mundo y, en consecuencia, vivimos días extras, conocimos de todo bajo el somocismo. Pero ni los epígonos ni los guardias de la dictadura intentaron convencernos de que cada carceleada, culateada y violación de cualquiera de los derechos ciudadanos, más la violación del cuerpo de las mujeres, lo hacían por amor. Lo del somocismo era odio mondo y lirondo, en blanco y negro. Lo del danielismo, es original: encubren los atropellos con mentiras rosadas, exorcizan con impúdicas oraciones y con aparatos de medición en sus manos --sospechosamente parecidos a los garrotes-- quieren probar que “el amor es más fuerte que el odio”.

Las viejitas y viejitos “de antes”, hablaban con hijos y nietos para persuadirles de no andar por malos caminos, y les aconsejaban rezar, ir a una iglesia, asistir a misa los domingos y días de guardar. El danielismo aprovecha el hambre de las viejitas y los viejitos de ahora, para saciársela con unos cuantos córdobas, a cambio de que vayan a rezar a las rotondas. El objetivo es original: que los transeúntes --que bien podrían ser sus hijos o sus nietos-- escuchen sus oraciones al Señor para que proteja del odio de “Los ladrones” al matrimonio del gobierno de “Los pobres”.

De verdad que son buenas y benefician las originalidades del danielismo. Si no fuera por eso, un revolucionario, simplemente un tipo progresista o alguien medianamente culto, jamás hubiera sabido que no necesitaba perder su tiempo leyendo a Marx para, por ejemplo, conocer algo del origen de la plusvalía, de la relación plusvalía-salario y otras cosas entrañables del capitalismo. Esa dicha de no perder el tiempo con el marxismo, la aporta el presidente de “Los pobres” en sus discursos, sobre todo, para enterarse de asuntos tan actuales, como eso de que la crisis del sistema financiero del capitalismo mundial es “un castigo de Dios”.

Mucho se especuló acerca del o los motivos por cuales el presidente de “Los pobres” no fue en septiembre a Nueva York, a ofrecerle al mundo la nueva teoría sobre la crisis financiera. Pero si él no quiso ir a develar su descubrimiento en la Asamblea General de la ONU, no fue por temor a las “locuras” de algunas hembras agentes del imperialismo que repudiaron su presencia allá también, sino porque necesitaba de ese tiempo para trabajar con sus asesores económicos y no fallarle al FMI.

Estamos disfrutando de nuestra buena suerte, y gracias a la emergencia del danielismo, ahora somos testigos de cómo lo está modernizando todo, y cuando se dice todo, se incluye el significado de palabras como reconciliación y paz. Ya no son conceptos congelados en el coco de la gente. Al danielismo gracias, repito, ahora paz y reconciliación son partes de una realidad tan sólida, como una trompada de CPC. Y como toda caridad empieza por casa, no hay necesidad de esperarla de ninguna otra parte, sino del hogar, la secretaría y la casa presidencial que son tres en uno, como el aceite.

Pero (si el “pero” no existiera todo fuera felicidad). La envidiable armonía que después de los malos entendidos ahora reina entre madre, padre, hijos e hijas de la primera familia nacional, no es posible verla a plenitud. Altas murallas se levantan en su entorno impidiendo la dicha de ver de cerca el modelo de vida que es capaz de crear la paz y la reconciliación.

No todo, sin embargo, se oculta entre cielo y tierra. Desde el tres veces centro de un solo poder, se extrapolan, aunque un poco distorsionados, los rayos de la armonía amurallada. Esto debemos agradecérselo a los muchachos que hace unos pocos años quemaban autobuses y tiraban piedras a los pasajeros, y ahora, en pleno proceso de renovación moral, decidieron reconciliar a la familia estudiantil durante una amable visita que les hicieron el martes de la semana pasada a sus hermanos de la UCA.

Los muchachos de UNEN, tomados de las manos, en actitud de beatífica fraternidad, con el líder estudiantil César Pérez y el profesor Freddy Franco, intentaron cumplir con su misión. Pero, como toda buena acción, la suya corrió el riesgo de ser mal interpretada por los malos estudiantes y los medios de comunicación al servicio del imperialismo. Su actitud reconciliadora fue calificada como una agresión. Para lograr engañar a sus lectores, oyentes y televidentes, los medios confundieron adrede los papeles de sus notas que, enrollados, portaban los muchachos danielistas, con viles tubos de hierro.

Con esa misma tónica mal informadora, los medios de “Los oligarcas ladrones” tergiversan las actividades pacíficas de los partidarios del gobierno de “Los pobres”; es su forma de sabotear las buenas obras del “proceso revolucionario” y de expresar su odio hacia “Los pobres”. Nunca gobierno alguno había sido tan agredido, tan calumniado, tan mal interpretado como el actual. Comenzando que se niegan a reconocer su transparente manejo de la cooperación venezolana y, por puro odio a “Los pobres”, inventan facturas por servicios de publicidad “ilícitos, ilegales e inexistentes”, como decía de las huelgas el danielista magistrado Rosales, cuando cumplía con la “armonía social” desde el Ministerio del Trabajo de “Los oligarcas ladrones”.

En fin, toda una conspiración diabólica por presentar la revolución como una caricatura de sí misma. Realmente, en nuestro país, todo anda al revés, gracias a que “Los pobres” ahora son felices millonarios.