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El día del hombre y de los hombres se celebrará cuando se haya dejado en el albergue del olvido, el consentido machismo, que detenta una de las acciones más feroces que puede existir y hacer convivir a la familia y sociedad.

Nicaragua no es la excepción: se producen y reproducen todos los días las mismas escenas, es como un guion viejo que se estrena y gusta entre los incisivos comportamientos de nosotros los hombres, solo por el simple hecho de cuidar nuestro estilo de imposición.

En el hogar, se incuban estilos diferentes de ser y hacer las cosas. Es relativo entonces que nos encontremos con disímiles formas de comprender y actuar, dentro de un mundo que se debe respetar, cuidar y amar, como lo es la familia.

Existen millones de ejemplos que hacen alejarse del comportamiento ofensivo a tantos millones de varones que aprecian el sentimiento tierno, atractivo, sano, indiscutible y admirado de la mujer, que dicho sea de paso, fueron niñas, novias, madres, abuelas y seres reconocidos como lo mejor que nos pudo haber pasado o experimentado.

A pesar de esas situaciones, a diario se escucha, se ve en el laboratorio del “recíproco” comportamiento, la violencia social extrema con escenarios en donde el rojo de la cara, los golpes fratricidas de los hombres atacan y lesionan deliberadamente a la mujer, olvidándonos que fuimos engendrados, amamantados y educados por ellas.

¿Cómo olvidar entonces los meses de desvelos? La angustia de poder dar el sustento, a pesar de las dificultades, pues la mujer es la hacedora de milagros. Siempre tienen una respuesta y para ellas siempre existen salidas, entonces, ¿por qué no verse en ese espejo, nosotros los hombres, espejo que no es más que saber ser responsable y compartir equitativamente?

Los hombres aceptamos todo, pero lo incumplimos casi todo. Aquel que se rasgue las vestiduras por lo que digo, puede ser el más abyecto, en cuanto a querer aceptar que no hemos puesto un ápice en salir de ese mundo tan peligroso, como es el de violar todas las escenas posibles de paz, con la mujer y la familia.

Los datos son impresionantes. Todos los días están las denuncias, las violaciones a las menores y a las mismas esposas, pues violación es también cuando a pesar de existir un contrato civil y los oficios de la iglesia, nosotros los hombres –de forma aberrante– imponemos violencia sexual a nuestras compañeras.

El femicidio es una pandemia que se acelera en todas las regiones del mundo; desde luego buscar los antecedentes, orígenes, causas y efectos, existentes tantos, son imposibles encasillarlos. Lo único que es cierto es la agresión y el asesinato de un ser humano, un ser social que cumple con la mejor de las misiones, construirle a la sociedad, la célula de la familia, eslabón vital para la convivencia humana.

La responsabilidad, la educación, la identidad hacia los valores es parte esencial para que exista una posible salida para ese “infierno” en que se encierra a las mujeres. Y para concluir señalo que no existe distinción, pues mujeres profesionales, de las distintas clases sociales que existan, han experimentado alguna forma de violencia, agresión social y sexual, hasta llegar a la muerte de una de ellas, y por supuesto el daño es irreparable.

 

*El autor es docente de la UNI.