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La muerte de las mujeres ha sido una constante en la vida de los pueblos y civilizaciones que se expresa en todos sus ámbitos posibles, llegando a constituirse en algo convencional o trivial, bendecido por la costumbre, la religión y las leyes inclusive, hasta alcanzar esferas irracionales de tradición y cultura.

Por solo tomar pueriles ejemplos, la literatura no escapa a esta barbarie. Clásicos de ensueño como “Crimen y castigo” de Dostoyevsky, o “Castigo divino” de Ramírez, ya sea que narren algo de ficción o realidad, se basan ambas novelas en la muerte atroz de mujeres, coincidiendo en que el personaje principal protagonista mata y resulta airoso, validado en su opinión y criterio por el mismo escritor, al margen de una justicia maltrecha e insuficiente.

Y así nos vamos encontrando que novelas tan banales como “El Túnel”, de Sábato, o “El Encargo”, de Friedrich Dürrenmatt, tratan por igual del alarde o relato de haber asesinado a una mujer, expresando el actor del hecho, sus absurdas motivaciones de matar, siendo este un personaje un pintor, un cineasta, periodista o lo que fuera al final, no importa, se justifica el acto de matar a una mujer.

Pero estas obras modernas parten de una concatenación de eventos similares en el tiempo, que no ha logrado romper la línea de matar a una mujer desde tiempos antiguos, ya sea por vicio o fruición, o simple azar y circunstancia.

Y esta tradición histórico-cultural inevitable del femicidio que se ha mantenido como una constante o patrón humano hasta irradiar en las artes y las letras, salta también al cine y la televisión, cuando un determinado guionista se complace en incluir necesariamente el drama y el dolor, la intriga y el suspenso del idilio entre parejas cuyo desenlace fatal las más veces termina con la muerte de la mujer y el sufrimiento del varón por la tragedia de su amada, sobreviviendo este sin embargo, al desarrollo de los acontecimientos.

Pero quizá la explicación esté en el fondo y raíz de la cultura y las civilizaciones tan arcaicas como remotas de Irán (Persia), India o Israel, regímenes en los que la vida de las mujeres no vale nada, y es menospreciado su género aun antes del nacimiento, teniéndosela como un infortunio, algo inesperado o no deseado, siendo víctimas de un rechazo tan inverosímil, como absurdo. Ya sea porque aún esperan a su salvador o Mesías personificado en el santo varón de la profecía, o porque consideran a la mujer como una condena o anatema de la Trimurti, o como sinónimo de las tentaciones mundanas que atenta a la religión. Cosa absurda.

Y esa tirria por la mujer aun antes de ser concebida, se ha pervertido tanto hasta ascender a niveles increíbles de tortura y lapidación, de ablación e infibulación, de mayor dolor y marginación inconcebible para estos tiempos tan avanzados que aún tolera los excesos y locuras de la religión monoteísta, que llegó a contaminar a Occidente desde el Oriente medio, y luego a América con la Conquista.

Bastaría recordar la Santa Inquisición que persiguió a las alquimistas y botánicas, como si fueran verdaderas brujas y hechiceras, para estar dilucidados que la religión considera a la mujer como símbolo de maldad y torpeza por naturaleza, a como lo satirizó en su tiempo Erasmo de Rotterdam en su “Encomio de la estulticia”; o Nietzsche: ¿Vas con mujeres? Lleva el látigo.

Es una cultura del femicidio que nace en la religión misma, desde el Edén, pero que urge contrastar con las culturas antiguas politeístas en que reinaban las diosas griegas, egipcias o indochinas, ya que se nos ha impuesto sin darnos cuenta, una cultura del patriarcado y religión monoteísta en que dominan los hombres.

Es por eso que debemos propugnar una cultura sin religión, una cultura civilizada y justa, que tenga su base en la igualdad de valores y equidad de género. Empecemos con invertir los nudos y tramas de la literatura y el cine: que triunfe siempre la mujer, que nunca no sea necesariamente la víctima y esencia de la tragedia; que el drama de la muerte se traslade a quienes tienen en verdad que soportarlo: el hombre, el Patriarcado, la Iglesia y el mundo.

 

mowhe1ni@yahoo.es