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Todos los segundos, de todos los minutos, de todas las horas, de todos los días, y en todos los rincones del planeta, cientos de árboles son derribados. El proceso de desertificación o degradación ecológica es irrefrenable. La mano terrible del hombre destruye de manera inclemente e implacable el pulmón de nuestro planeta.

 

El bosque era virgen, la naturaleza sagrada, una ardilla podía saltar de rama en rama en un trayecto de muchos kilómetros sin ver nunca un rayo de sol en el suelo, tan juntas eran las ramas, tan espeso era el follaje. Todo quedó en el pasado. No habrá más ríos que como lenguas húmedas sigan lamiendo las raíces de las plantas humedeciendo el suelo fértil.

 

Hay polvo levantado por el viento, los incendios, las poluciones y la industria pesada. El polvo no es inocuo, tiene efecto sobre las propiedades y el comportamiento de la atmósfera frente a la radiación solar, y efectos significativos sobre los patrones climáticos y, por ende, sobre la salud y el comportamiento de los seres humanos.

 

En el año 2011, se señalaba que la contaminación atmosférica, polvo, humos, poluciones, etc., constituía un riesgo medioambiental y causaba alrededor de dos millones de muertes prematuras al año en todo el mundo. Apenas un año después, las muertes se triplicaron.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señaló que en el año 2012 la contaminación atmosférica causó la muerte de 7 millones de personas y, como siempre, los países subdesarrollados de Asia y América cargan con el mayor número de muertes.

 

En los países asiáticos, en ese año, se contabilizaron un total de 3.3 millones de muertes relacionadas con la contaminación de aire de interiores (básicamente humo de leña y carbón) y 2.6 millones de muertes relacionadas con la contaminación atmosférica.

 

La situación es grave, teniendo en consideración que el pulmón humano inhala oxígeno y exhala dióxido de carbono (C02). En un día, el pulmón humano produce un kilogramo de C02, equivalente a lo que produce un vehículo al recorrer 5 kilómetros. Aproximadamente 10,000 litros de aire calientan diariamente nuestros pulmones.

 

La leña que se quema en nuestros hogares, el combustible que queman nuestros vehículos, las calderas de las industrias nada amigables con el ambiente, convierten ingentes cantidades de oxígeno en C02.

 

Los árboles y las plantas absorben el C02 de la atmósfera y lo convierten en oxígeno. La rápida destrucción de los bosques está reduciendo la capacidad de la Tierra para purificar el aire del exceso de dióxido de carbono y poco a poco nos estamos muriendo intoxicados por nuestros propios gases.