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Toda convocatoria cultural debe ser vista con buenos ojos y merecer el justo apoyo siempre y cuando su temática se justifique razonablemente y su programación posea un claro sentido académico. Es el caso del Coloquio Internacional “El antimperialismo latinoamericano: discursos y prácticas”, convocado por la Universidad Católica Redemptoris Mater, de Managua, y la Universidad Nacional San Martín, de Buenos Aires, Argentina.

En efecto, los representantes del comité organizador —doctores Miguel Ayerdis y Andrés Kozel— han justificado suficientemente el tema y distribuido en cinco mesas de trabajo los subtemas que se abordarán durante el coloquio a celebrarse del 17 al 21 de junio de 2014, en ocasión de los 80 años del magnicidio de Augusto C. Sandino.

No puedo afirmar lo mismo del Encuentro Multidisciplinario sobre la región norte del país que tendrá lugar en Matagalpa el 28, 29 y 30 de marzo. Según el presidente organizador —que, por cierto, no es arqueólogo, ni antropólogo, ni lingüista, sino un aficionado a la historia— el tema del evento es el área “Gran Ulúa-Matagalpa”. Pero dicho concepto no existe, es decir, se trata de una “cabeceña” del aludido presidente. Por algo no se ha planteado ni legitimado en el mundo científico. Mejor, nunca se ha discutido en reunión alguna de especialistas ni aceptado como objeto de estudio. No es sino una atrabiliaria imitación de la Gran Nicoya, subárea cultural del suroeste de Nicaragua y el noroeste de Costa Rica, creada e investigada por el arqueólogo Alfred Norweb en 1961, a quien continuaron otros como Frederick Lange en 1971 y el estudioso Luis Ferrero en su obra Costa Rica precolombina (1977).

Reconozco el afán del citado presidente —conocido caficultor y empresario turístico— de promover el estudio de las raíces culturales de nuestra región norteña, pero debió con antelación fundamentar científicamente el título del evento y detallar el orden y los contenidos de las ponencias, tal como se le pidió en la Academia de Geografía e Historia. Sin embargo, no lo hizo, sin duda por incompetencia. En realidad, se limitó a dar a noticias sucintas en su artículo “Segovianos buscan sus raíces” (END, 15 de marzo), plagado de errores. Entre ellos, me limitaré a señalar dos.

Uno: los indígenas “chondales” (matagalpas) —afirma— “fueron los primeros que le causaron bajas a los españoles en Johana Mostega en 1524”. Pero no es cierto. Los 229 hombres de Francisco Hernández de Córdoba se concentraron ese año en el fundar León y Granada, y no tuvieron tiempo de trasladarse al norte. Fue en tiempos de Pedrarias Dávila, que algunos indios chorotegas del Pacífico, según cédula real del 2 de octubre de 1528, se negaron a “servir a los cristianos”, habiendo “muerto muchos cristianos” (Colección Somoza, Tomo I, p. 435).

Y dos: la supuesta área “Gran Ulúa-Matagalpa” no abarca Chontales, como también afirma el articulista en cuestión. De hecho, arqueológicamente hablando, no hubo conexión entre el norte y Chontales. Así lo demostraron Lorraine Fletcher, Reinaldo Salgado y Edgar Espinoza en su investigación “La Gran Nicoya y el Norte de Nicaragua”. En ese trabajo se establece “la ausencia de interacción entre los grupos culturales del Norte de Nicaragua y la región de Chontales” (30 años de arqueología nicaragüense, Museo Nacional, 1993, p. 113).

Por esa falta de seriedad, y otras señales de diletantismo e improvisación, manifesté desconfianza ante la convocatoria matagalpina, la que —sinceramente— deseo que no fracase. Pese a que ni siquiera haya tomado en cuenta la primera obra de carácter histórico escrita y publicada sobre la región norte de Nicaragua. Me refiero a la Relación verdadera de la reducción de los indios infieles de la provincia de la Taguzgalpa (1674), publicada en Guatemala catorce años después de la introducción de la imprenta, del autor nacido en la provincia: el franciscano Fernando Espino (Nueva Segovia, 1600-Guatemala, 1676). No en vano se le considera la primera fuente historiográfica impresa en la América Central.