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Para el 2030, el 60 por ciento de la población mundial sufrirá problemas de abastecimiento de agua, originando la aparición de conflictos hídricos. En el mundo hacia el que vamos, tal porcentaje vivirá en las ciudades, como consecuencia de la reducción de la pobreza las clases medias serán dominantes y se triplicarán, pasando de los 1,000 a los 3,000 millones de personas.

Este profundo cambio traerá como secuela, entre otros efectos, variación general en los hábitos culinarios y, en especial, un aumento del consumo de carne, agravando la crisis medioambiental, al multiplicar la cría de ganado, cerdos y aves; suponiendo un derroche de agua para producir piensos, fertilizantes y energía, con negativas incidencias en efecto invernadero y calentamiento global.

La Organización de Naciones Unidas (ONU), advirtió que, en las próximas décadas, el crecimiento económico y demográfico, principalmente en los países emergentes, provocará gran incremento de la demanda de agua y energía, con riesgos de agotamiento de tales recursos.

La Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en un Informe sobre el desarrollo de los recursos hídricos en el mundo, subrayó que, el consumo de agua y de energía está íntimamente ligado.

El informe indica que la producción energética representa casi 15% de las extracciones de agua, con tendencia alcista, en tanto el 90 por ciento de la producción mundial de energía utiliza importantes volúmenes de agua.

Advierte que, el agua corriente y la electricidad de cientos de millones de personas generan enormes desafíos, considerando que 20 por ciento de los acuíferos del planeta están sobreexplotados. Según las previsiones, la demanda energética, de aquí a 2035, aumentará 70 por ciento, y más de la mitad de ese crecimiento se observará en China, India y Oriente Medio.

En las décadas venideras, el requerimiento de ambos recursos seguirá aumentando para responder a las necesidades de las poblaciones y las economías en crecimiento; los cambios de estilo de vida y de consumo amplificarán sustancialmente las presiones sobre los recursos naturales limitados y los ecosistemas, apunta el informe.

Actualmente, 768 millones de personas carecen de acceso seguro y regular al agua potable, más de mil 300 millones viven sin electricidad y casi 2 mil 600 millones utilizan combustibles sólidos (biomasa en particular) para cocinar. El informe pronostica una elevación del 55 por ciento de la demanda de agua en los próximos 35 años. En 2050, 2 mil 300 millones de personas estarán sometidas a un estrés hídrico severo, sobre todo en el norte de África y en Asia Central y del sur.

En el futuro próximo, este vital recurso será escaso. Se estima que para el año 2025, a más de la mitad de la población mundial se le dificultará obtenerlo. Expertos internacionales vaticinan que durante el siglo XXI el mundo vivirá las “guerras del agua” por la escasez del líquido y la lucha por las reservas, aunque los “conflictos” vinculados, desde hace mucho tiempo tienen lugar en el ámbito nacional e internacional y pueden llegar a bélicas conflagraciones.

Aparejada al cambio climático, la escasez del agua constituye uno de los problemas principales del mundo. Esta es una realidad y nos debe preocupar a todos. Por ello debemos protegerla, manejarla y distribuirla adecuadamente. Desperdiciarla es ilógico, irracional y tiene un alto coste ambiental, social y económico.

La ONU señala, en Asia, la cuestión del agua desatará un considerable incremento de tensiones políticas, ya que los manantiales de los ríos suelen hallarse en zonas fronterizas. Las zonas de conflicto incluirán el mar de Aral, las cuencas del Ganges, Brahmaputra, Indo, Mekong, entre otros.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), estima que el 80 por ciento de todas las enfermedades se originan por la falta de agua potable en los países empobrecidos; las comunidades que disponen de este recurso viven sanas.

El desabastecimiento hídrico implica riesgos para la vida y la salud de los pueblos y por ello se han aprobado infinidad de llamados, compromisos y normas jurídicas que le otorgan tal rango.

Ante la magnitud del problema, las naciones paulatinamente han tomado conciencia de que el agua debe protegerse, que es un derecho humano inalienable, irrenunciable y universal.