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“La Gran Explosión”, el origen de la materia, del Universo, de todo lo que conocemos, incluso la vida. En un momento dado, hace unos 10,500 millones de años, estalló.

El Big Bang dio origen a galaxias, soles, planetas, agujeros negros, púlsares, materia oscura, la tabla de los elementos y, con los elementos, la sopa cósmica,

nosotros.

Einstein descubrió que materia era igual que energía, que espacio era igual a tiempo y, desde entonces, nada volvió a ser igual. Entendimos cada vez mejor el funcionamiento del Universo. Especulamos con agujeros de gusano, jugamos con la flecha del tiempo...

No obstante, tanto desarrollo científico-técnico en nada ha cambiado a la especie humana. Ha contribuido a mejorar espectacularmente sus condiciones de vida, salud, descanso, ocio, sin lograr modificar en nada su materia básica. Continuamos tan primitivos como en los albores del tiempo.

Los 10 Mandamientos siguen vigentes como si los hubieran escrito ayer. Los siete pecados capitales siguen gobernando las pulsiones humanas. Moloch reina, rampante.

Allá, por los 80, un célebre escritor polaco de ciencia-ficción, Stanislaw Lem, escribió un relato breve, mordaz, sobre el juicio del Gobierno Galáctico contra los tripulantes de una nave espacial. Su crimen: haber abandonado basura en un planeta recién formado y sin vida. Como resultado, de la basura había brotado prematuramente vida de escasa calidad. Tan gravísima interferencia merecía el mayor castigo.

En el planeta en cuestión surgió una especie dominante. Llamó a su planeta Tierra.

az.sinveniracuento@gmail.com