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El INSS hace esfuerzos por mejorar la atención médica, pero desde 1993 tiene un sistema discriminatorio para los jubilados. El INSS paga una suma mensual a las clínicas y hospitales por cada persona afiliada a un centro de atención, pero es mucho menor lo que paga por un asegurado activo que por un jubilado. Alegando eso, los centros dan una atención muy inferior al jubilado, en comparación con la brindada a los asegurados activos. Los medicamentos, exámenes y tratamientos que recibe un asegurado se reducen a menos de la cuarta parte cuando pasa a ser jubilado.

Por ejemplo, un joven tiene derecho a que le suministren diclofenac en ungüento para los dolores musculares o reumáticos, mientras un anciano artrítico a quien “ya le duelen todos los huesos” y le cuesta caminar no tiene derecho a ese medicamento tan necesario para las personas mayores. Un joven tiene derecho a que le suministren lágrimas artificiales, pero una ancianita con vista cansada y con el síndrome del “ojo seco”, propio de su edad, no tiene ese derecho. La lista es tan larga como absurda.

Pero no se trata solo de los medicamentos. Mientras los jóvenes reciben una amplia variedad de exámenes y procedimientos de diagnóstico, los ancianos están sumamente limitados. Lo mismo pasa con el listado de cirugías y con otros aspectos. Incluso, en algunos centros de atención, mientras los asegurados jóvenes son recibidos en cómodas salas de espera con acondicionadores de aire, a los ancianos jubilados groseramente los mandan hacinados a un recinto caluroso. Los jóvenes asegurados tienen un número mucho mayor de médicos por pacientes y esperan menos tiempo para pasar consulta, mientras a los jubilados los hacen esperar excesivas horas. Para retirar sus medicamentos y pedir cita, las colas son larguísimas. Da lástima ver a los viejitos con sus graves enfermedades, dolores y debilidad, ahogándose del calor durante horas y horas; y a veces los hacen volver otro día para resolverles algo o darles una epicrisis. ¡Es inhumano!

Ahora en las farmacias del INSS (la Bolívar y la Centroamérica) suplen medicamentos y autorizan muchas cosas “fuera de cobertura”, pero las personas ancianas y enfermas, mayoritariamente pobres, tienen que hacer doble viaje para casi todos sus medicamentos: uno a la clínica u hospital y otro a la farmacia del INSS. ¡Imagínese las dificultades, sufrimientos y gastos que implica para ellos esa movilización! En dichas farmacias, por falta de personal, el promedio de espera es de dos horas para despachar una receta. ¡Dos horas!

Toda esta situación no tiene sentido… ¡es una locura! Los jubilados cotizaron toda una vida para tener una vejez digna. ¡Más bien merecen tener ellos la mejor atención! En cambio, son discriminados por el INSS violando la Ley del Adulto Mayor, que es “de orden público e interés social” y que ordena darles a todas las personas mayores de 60 años un trato humano y digno por parte del Estado, el sector privado y la sociedad, con “una atención de salud de calidad y preferencial”. Ese trato digno y preferencial que manda la ley vale para todas sus gestiones y obliga a todas las entidades públicas o privadas... ¡incluyendo todos los sitios donde atiendan a jubilados del INSS!

Espero que el Gobierno tome nota y resuelva esta situación de los adultos mayores jubilados, que deben ser atendidos en las mismas instalaciones de los asegurados activos, con los mismos beneficios e incluso con trato preferencial. No solo por humanidad, sino porque la ley así lo manda. Además, es justo, pues ellos para eso cotizaron.