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El oficio de tomar la defensa de otra persona, es tan antiguo como la misma humanidad. Considerada como profesión digna y noble, la abogacía aparece y desarrolla en Roma, con el emperador Justino. El cristianismo refuerza la idea elevada de la profesión. Más que trabajar por la retribución del cliente, el abogado considera su misión restablecer la justicia donde sea necesario. Al abogado se le llama defensor de las viudas y huérfanos, y como caballero andante, se dedica a enderezar entuertos, deshacer agravios, socorrer a los desvalidos, contribuir a que por doquier, impere la justicia y el bien.

 

En nuestro tiempo, creer que el abogado es un Don Quijote de la Justicia, es una idea irremediablemente muerta. El carácter de la profesión se ha transformado radicalmente. “El abogado moderno es un señor que se lanza sobre todos los procesos indistintamente. Los activa en vez de arreglarlos. Sobresale en el arte de hacer nuevos pleitos y se convierte ostensiblemente en un agente comercial”. (Valle Pastora).

 

Si por abogacía se entiende la profesión y el ejercicio del abogado, debemos reconocer que el mal no radica en la profesión en sí, radica en su ejercicio deshonesto. La abogacía como profesión, es noble, digna y necesaria por su función de contribuir al imperio de la justicia, defender los derechos de las personas y asesorarlas en la ordenación y en el desenvolvimiento de sus relaciones jurídicas. (Eduardo J. Couture).

 

Son los abogados, los que en la práctica desacreditan la profesión. “Por ello,- como señala lapidariamente Couture- la abogacía puede ser la más noble de todas las profesiones, o el más vil de todos los oficios. Ello es verdad, porque el abogado está llamado a la altísima misión, de darle vigencia a la justicia, pero cuando traiciona esa misión, convierte su cometido, en comercio nefasto”.

 

Enfrentar la crisis del ejercicio de la abogacía, no es tarea fácil, se enmarca en la crisis general que sufre nuestra sociedad, como consecuencia de la penetración en nuestra cultura, de antivalores, como el afán de lucro o enriquecimiento inmediato a como sea, en detrimento de valores tradicionales del nicaragüense, que con orgullo decía: “Soy pobre, pero honrado”.

 

No hay que olvidar, que el verdadero orden social es el orden jurídico, sin el cual no se puede sustentar la justicia, la libertad, el respeto a la dignidad humana y la convivencia pacífica entre los Estados, y aun más: la única posibilidad de sobrevivencia de la especie humana.