Jorge Eduardo Arellano
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El de Managua iba nostálgico de sus años en Granada: “Cómo no traer a la memoria las antológicas travesuras de un Tito Castillo, Guaba de estirpe, cuando de niño, por ejemplo, una noche cambió los rótulos del Colegio Niño Jesús y del San Francis Chiquito, famoso prostíbulo que amaneció de esa manera santificado en medio de un escándalo pueblerino que no se veía desde cuando los integrantes del Movimiento de Vanguardia provocaban a la burguesía con sus proclamas y recitales encaramados en la torre de la Iglesia La Merced. En medio de esos hechos, las aventuras y desventuras de Fernando Silva y de cuantos, con indisimuladas rivalidades, se enamoraron de la gran poeta costarricense Eunice Odio cuando visitó Granada y la volvió a incendiar bañándose desnuda en las cálidas aguas del Gran Lago. Tiempos también de las entre espirituosas y espirituales tertulias en casa del poeta Quico Fernández, en donde ocurrieron tantas cosas como cuando, en una hamaca del dormitorio de aquella mansión amplia y abierta al mundo, Carlos Martínez Rivas intentó, adelantándose a su poema y a los idílicos enamoramientos de su contemporáneo Ernesto Cardenal y la Adelita, poner sobre el sepulcro a la libérrima mujer que fue Irma Prego. Y antes y después el Colegio Centroamérica, cantera de poetas, con el malogrado e inolvidable científico Padre Ponsol y más tarde con el imperecedero magisterio del P. Ángel Martínez Baigorri, el poeta de aquellas ceibas que junto con nuestros desorbitados ojos de internos también vieron pasar, de paseo hacia el lago en filas de coquetería que queríamos interminables, a las bellas muchachas del Colegio Francés.

Pero el maitro Rocha y la Anciana eran puro pueblo y merecerían no un capítulo sino todo un libro aparte, pues su presencia en la historia gastronómica y de sanas libaciones de Granada se remonta a que como pareja la iniciaron en la década de los sesenta, aunque la parte más intensa me tocara vivirla en los setenta. Ernaldo Rocha fue mi tío consentidor y compañero de gustos culinarios y similares. La Anciana fue su compañera natural hasta que yo los casé, y recibía ese apelativo lleno de cariño, por iniciativa de Ernaldo.

Ahí degusté las mejores comidas que he probado en Nicaragua: indio viejo, cuya fórmula aprendió Mercedes a las mil maravillas; frijolitos blancos fritos hasta convertirse en pepitas de oro; una sopa de mojarras con ristras de cangrejos del Lago que, ya lo he dicho, junto con la tortuga decorada de huevos y tomates o la iguana en pinol, constituyen la expresión del mejor de los mestizajes culinarios y a la vez del barroco que todos llevamos dentro, incluidos ojos y paladar.

¿Para qué seguir mencionándoles humeantes carnes asadas, quesos fritos gruesos y a la vez crujientes, o el curbasá y almíbares de toda clase? Por ahí pasaron, desde el entonces abstemio Sergio Ramírez con Manolo Morales, hasta los Bisturices Armónicos y Carlos Mejía Godoy; desde el Chele Mesa, como apodaban al muy moreno Dr. Alejandro Mesa, sobreviviente en 1959 de la masacre del 23 de julio en donde fue herido; hasta el esmirriado Tinito Meneses, hermano del por contradicción voluminoso Gonzalo Meneses Ocón; llegaban a ese Club de los Marañones, sin faltar Poncho Argüello, Carlos Aguilar, Adolfo Núñez, Alejandro Gutiérrez y Cuita de Pollo, cuyo nombre no recuerdo. Esporádicos fueron Zamuria, Rodolfo Marín, Alberto Espinoza, Pepe Medina Cuadra y Rodolfo Sandino Argüello. Los Bisturices, los médicos Wilfredo Álvarez, César Ramírez Fajardo y César Zepeda Monterrey, eran asiduos junto con Carlos Mejía Godoy, a tal grado que en una ocasión le pusieron una serenata a la Anciana por su cumpleaños, y como ya no alcanzábamos en la casa porque todo el barrio se desbordó, nos tomamos la calle. En plena dictadura de los Somoza, entre nosotros aquellos fueron tiempos de armonía, comidas y cantares que fortalecían nuestra resistencia a la tiranía.

Teniendo ese placer enternecedor de recordar a Ernaldo y la Anciana, me vienen a la cabeza las imágenes de aquella época de médicos escritores como Luis Favilli Picasso, Fernando Silva, Edmundo Mendieta y médicos amigos de escritores como Juan Ignacio Gutiérrez, César Amador Khül y Sergio Martínez Ordóñez, quienes, a diferencia de algunos médicos solemnes, no tuvieron misterios ni secretos para con sus pacientes, a quienes supieron convertir en familiares.

Con el riesgo de involuntarias omisiones, no puedo olvidar en las tertulias de Chale Mántica en Managua, a los dos Erwin Krüguer. Música por todos lados y de la muy nuestra, con intérpretes amigos que como Camilo Zapata y todos los ya citados, eran capaces de llenar de vida hasta los cementerios. A estas alturas, en nuestro corazón nadie ha muerto. Después de una opípara comilona y unos buenos tragos, Ernaldo se refocila como siempre en su perezosa, mientras tras una puerta, escondida para que no la vea el maitro Rocha, la Anciana se fuma un chilcagre”.

luisrochaurtecho@yahoo.com
Jueves, 6 de noviembre de 2008.