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El 25 de marzo será un día imborrable en la memoria de los comerciantes del Mercado ‘La Terminal’, el cual se reputaba de ser el más grande y populoso centro de compras en Centroamérica, no solamente por su extensión, sino por la cantidad diaria de visitantes.

Siendo ya una crónica de un suceso esperado, sufre ya su cuarto incendio desde su inauguración en 1950; este deja como saldo un total de pérdidas de 90 millones de dólares, 50% de los comercios destruidos, 6 mil damnificados y la vergüenza de las autoridades, no solo de no haber podido hacer nada por prevenirlo, sino que la tragedia retó y dejó en ridículo a los entes de respuesta, ya que fue preciso pedir refuerzos de bomberos de Honduras, quienes se unieron a lo largo de la jornada de 9 horas que tomó controlarlo, tras más de 2 millones de litros de agua utilizados.

La ocurrencia del suceso fue todo, menos inesperada. Un cortocircuito a las 2:30 a.m. –con los demás factores de causación alineados– permitió un dominó gigante, vía libre a la tragedia.

La falta de respuesta inmediata aunada a la escasez de agua en los hidrantes, fueron factores determinantes para que el fuego escalara incontrolablemente. Igual que ocurre en Nicaragua, muchos hidrantes eran nada más elementos de ornato, no solamente sin agua y presión suficiente, sino que a pesar de estar aparentemente instalados, físicamente no tenían conexión a las líneas de agua; otros habían sido ya absorbidos por los tramos.

La inveterada ausencia de control en las conexiones ilegales, que como telarañas eléctricas se entreveraban en muchos comercios, hizo que la catástrofe fuera no solo una profecía sino una fiel promesa. Se especula que fueron estos acoplamientos, así como el uso de baratas regletas sobrecargadas, las que pudieron haber iniciado la deflagración.

Existiendo un paralelismo en la línea de eventos entre ese centro de compras y nuestro Mercado Oriental, es preciso que las autoridades puedan valorar estas lecciones que nos deja como un reflejo de lo que nos puede acontecer, pronta e inexorablemente, si no se procede a imponer una administración agresiva de las inspecciones y acciones correctivas para disminuir la probabilidad de una tragedia similar.

No es inusual que existan en diversos puntos de la capital –ocurre hoy especialmente en urbanizaciones de mala calidad– hidrantes que solamente están sembrados para fingir cumplimiento, aunque su utilidad sea nula por la ausencia de líquido o presión o su no-conexión física a las líneas de agua.

La rigurosa programación de simulacros debería ser una oportunidad continua para calibrar nuestras verdaderas capacidades de respuesta, siempre sobrestimadas por naturaleza humana, reacia a aceptar la realidad.