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El ensayo de Eduardo Zepeda-Henríquez (Granada, 6 de marzo, 1930) tuvo una manifestación sostenida en el ámbito de la crítica literaria. A él se le debe la introducción en Nicaragua de la Estilística, metodología que otorgó a nuestra crítica un grado de precisión desconocida. Aparte de un manual, Introducción a la estilística (1965 y 1967), logró prospecciones acabadas en Estudio de la poética de Rubén Darío (1967) —obra escrita en colaboración con Julio Ycaza Tigerino— y en otros trabajos de verdadera erudición rubendariana. Pero su mejor obra en esta línea es Linaje de la poesía nicaragüense (1996), de importancia vigente, que contiene doce textos sobre la poesía de Rubén Darío, Salomón de la Selva, José Coronel Urtecho, Pablo Antonio Cuadra y Joaquín Pasos.

Dotado para el género (su primera muestra remontada a sus años colegiales, se titula “Arte y materialismo”), Zepeda-Henríquez se especializó en filosofía española (Juan Luis Vives, Juan Eusebio Nieremberg, entre otros) y trazó un paralelo maestro entre Ramón Menéndez Pidal y Carlos Cuadra Pasos: Ecce homo / Muerte y resurrección de las cabezas visibles de dos academias hispanoamericanas (1969). Asimismo, aplicó la teoría de las generaciones de José Ortega y Gassett en el inteligente ensayo “Periodización generacional de las letras nicaragüenses”, difundido tanto en Nicaragua como en España. Sin embargo, no tuvo eco.

Mayor incidencia ejerció con su libro identitario Mitología nicaragüense (1987 y 2003), presidido por la articulación orgánica y la lucidez analítica del autor. Sustentado en filósofos y teóricos del mito (como Eliade, Uscatescu, Cassirer, Ricoeur, Levy-Strauss, Barthes y Caro Baroja), Zepeda-Henríquez magnifica tanto el sustrato mestizo de nuestra literatura oral como el condicionamiento de la vida urbana por la campesina o rústica, sosteniendo que nuestra sociedad funciona bajo el peso de las familias tradicionales, cuyas figuras “notables” legitimamos. Se trata de verdaderas “castas” que marcan, por ejemplo, el ejercicio de la política, las profesiones liberales y una suerte de nepotismo intelectual.

Para él, dos son las familias “carismáticas” de Nicaragua: Chamorro y Sacasa. La una, cimentada en la agricultura e inflexible en los principios; la otra, volcada al comercio, dúctil y “diplomática” en su trato. Y ambas herederas de “la conciencia del criollo”, el hijo del español nacido en el país antes de la independencia, por lo cual “dan la imagen histórica del paralelismo existencial de nuestro pueblo”. Pueblo, por lo demás, de mentalidad arcaica que mitifica su tragedia y destino, su visión del mundo y protagonistas históricos.

Por eso Zepeda-Henríquez parte del mito como vivencia totalizadora de nuestro mismo pueblo a través de tres vertientes: mitos puros y escatológicos (Tamagastad, La Carretanagua, El Cadejo, La Mocuana, El Cacaste), mitos de la historia (El Canal por Nicaragua, León Viejo, Sacasas y Chamorros, Siete Pañuelos, Sandino) y mitos literarios (El Güegüense; los mitos darianos de la infancia, las doncellas y los mancebos, el hombre-símbolo, la novia de Tola y el Cifar de los Cantos). Autenticando la validez del mito como una interpretación del mundo, indaga en el ser nacional con la habitual armonía de su prosa y subraya que la literatura ha creado la única universalidad nuestra, no sin antes establecer que “el único pensamiento original del hombre nicaragüense es el pensamiento mítico, lo cual puede explicar la pródiga cosecha de la imaginación entre nosotros”.

Otro aspecto desarrollado por Zepeda-Henríquez en su obra mitográfica corresponde al determinismo del factor mágico-religioso en la mentalidad popular que, por otra parte, atribuyó a Bernabé Somoza (1815-1949) rasgos del heroísmo clásico y del medieval e identificó en Augusto C. Sandino (1895-1934) al héroe primitivo y al bandolero romántico, cuya rebelión tenía “más de gesto que de gesta”. Pero si esta afirmación resulta discutible, no lo es la siguiente: “cabe observar que entre los nombres de Darío y de Sandino hay asonancia, lo cual quiere decir —al menos para los oídos nicaragüenses— que mutuamente se reclaman”.

Tal es, a grandes rasgos, el contenido de Mitología nicaragüense, admirable obra que constituye “el primer intento riguroso de fundamentar una filosofía del mito en nuestro país”.