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Europa está inmersa en un entorno de gran complejidad en sus fronteras, siendo el común denominador, la restricción de entrada a sus territorios a migrantes que huyen del hambre, el conflicto armado y la miseria de sus países de origen, en pos del “sueño comunitario”.

 

Paradójicamente, este mismo anhelo comunitario ha posibilitado la integración de los estados a la Unión Europea, mantenida pese a la honda crisis que flagela a este bloque político-económico, y los intentos de algunos países por sustraerse de las rígidas y exigentes normas de los estándares del Pacto Europeo de Estabilidad, cuestionada por los llamados “euroescépticos”.

 

Enfrentan la contradicción de haber crecido económicamente con el aporte de los extranjeros al mercado del trabajo en ciclos económicos expansivos, aunque les niegan el principio que sustenta a la Unión Europea: la libre circulación de personas.

 

Los capitales circulan libremente en un sistema económico que privilegia los flujos financieros, no así las personas, para las cuales los estados imponen cada vez más restricciones; iniciativas de las derechas ultraconservadoras, racistas y xenófobas, que en varios países están encontrando un peligroso eco popular.

 

La crisis económica europea no solo aplica un austero modelo liderado por la troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional), también impulsa una restrictiva política de derechos a las personas migrantes, que de aplicarse retroactivamente a extranjeros legalizados, violentaría el principio de irretroactividad en materia de derechos fundamentales, lo cual podría redundar en arbitrarias expulsiones.

 

Un informe Ocde confirma que el saldo fiscal de la migración es positivo, que los migrantes contribuyen más al crecimiento económico que los propios estados. Durante el “boom” económico, los inmigrantes aportaron alrededor del 30% de la riqueza producida.

En el 2013, en Lampedusa (isla italiana), se ahogaron 368 personas de Eritrea y Somalia, que pretendían llegar a Europa, recibiendo un tardío auxilio ante el naufragio porque la nefasta ley Bossi-Fini, penaliza a quienes intenten ayudar a los indocumentados. Los pescadores efectuaron el rescate, aun temiendo sanciones penales por “complicidad con el delito de clandestinidad”.

 

Anterior a dicho suceso, fallecieron 13 personas, la mayoría no sabía nadar y fueron obligadas a saltar al mar, por los traficantes de personas, otros 10 intentaron alcanzar, nadando, la costa de Sicilia (persiguiendo el sueño europeo). Según parece, durante la tragedia, dos lanchas de la aeronáutica militar se mantuvieron inconmovibles en la costa.

 

La ley Bossi-Fini contra la migración adoptada por el Parlamento italiano en 2002, bajo el segundo gobierno de Berlusconi, y que lleva el nombre de un xenófobo dirigente de la Liga Norte y partido fascista Movimiento Social Italiano (MSI), sigue vigente.

 

Los países están lejos de establecer una política de migración que facilite los canales de ingreso legal de las personas a Europa, basados en el Principio de Solidaridad y de reparto equitativo de la responsabilidad de los estados miembros de la Unión Europea (promovido por el artículo 80 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea).

 

La globalización de los derechos fundamentales no puede encontrar obstáculo a la libre circulación de personas dentro de la propia Unión Europea, al amparo del Acuerdo de Schengen.

 

Aunque el viejo continente necesite de los migrantes para sacar adelante sus economías, la política migratoria de muchos países europeos refuerza el concepto de “fronteras”; sin embargo, parte del éxito de la Unión Europea desde su tratado de 1993, se basó en tratar de suprimirlo en pro de la integración en un solo cuerpo político de derecho.

 

Es hora de que los países integrantes de la Unión Europea recuerden que el bloque se hizo acreedor del Premio Nobel de la Paz de 2012, por su contribución por más de seis décadas, al avance de la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos humanos en Europa. Los tiempos tocan a materializar el sueño comunitario.