•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Si en un determinado concurso sobre comidas tradicionales de Nicaragua, tuviera que decidir cuáles son los tres platos más deliciosos de Semana Santa, no vacilaría en dar mi voto para el Gaspar, el tamal pisque y el almíbar.

Quienes vivimos fuera de nuestro terruño, una de las cosas que más extrañamos son las comidas de Semana Santa. Aunque las comidas son variadas en esta época, me inclino por las tres mencionadas porque me traen dos gratos recuerdos: la exquisita destreza de mi ausente madre cocinando estas comidas y la alegría de mi infancia cuando comía esas delicias.

Estos platos eran preparados no solo por el gusto de comerlos, sino por su durabilidad. Durante la Semana Santa de antes, los fogones de las cocinas de leña se apagaban desde el Miércoles Santo, y se volvían a encender hasta el Sábado de Gloria después de medianoche con brasas del cirio pascual en el atrio de la iglesia. Era un rito de la iglesia Católica, ya desaparecido.

Entonces era comprensible que la gente, al no poder cocinar durante cuatro días, debido a sus creencias religiosas, tenían que preparar alimentos que no requerían ser recalentados o guardados en refrigeradores. Mi madre decía, y así lo practicaba, que sin pinolillo simple, un plato de almíbar no tenía “gracia”. Tenía razón porque esta combinación dulce-simple, producía un sabor especial en el paladar.

El almíbar con pinolillo también era servido a los amigos que llegaban de visita. El almíbar que preparaba mi madre era una combinación melosa de papayas sazonadas, jocotes, mangos, groceas y dulce de rapadura; un verdadero manjar nicaragüense.

El tamal pisque, según las conveniencias culinarias de aquellas semanas santas, no tenía sentido si no era servido con un pedazo de queso freso o seco. Por esa época, los quesos frescos abundaban en las pulperías de Niquinohomo, particularmente en la de la familia de las “niñas Zambrana”, donde se vendían variedades.

Nunca supe el secreto de mi madre para hacer tan gustosos los tamales pisques; a pesar de su sabor simple, producían un deseo irrefrenable de comer más, como si la combinación con el queso blanco, realzara su sabor indígena.

¿Qué decir del Gaspar? Llamado vulgarmente pescado seco. El mejor Gaspar se vendía en el mercado de Masaya, y para Semana Santa en cada casa, la comida era apetitosa con su saludable aceite destilando entre las cazuelas de arroz con tomate, chiltoma, chile, ajo y cebolla. Además del Gaspar, mi madre preparaba unas tortitas fritas, gustosas, de sardinas secas que se encontraban por libra en los mercados. La torta de sardina, era una mezcla de masa de maíz con hierba buena y ajo que daban al plato un sabor fragante.

Por esa época, estas comidas daban la impresión de ser “comidas de pobres,” pero ciertamente eran verdaderos manjares de la cocina nicaragüense.

Por ahora solo me queda acordarme cuando en mi niñez, en un descuido de mi madre, me escurría sigilosamente entre su cocina para robarme un tuco de tamal pisque con un trozo de queso, un guacalito de almíbar y una jicarita de pinolillo, para degustarla clandestinamente bajo la sombra verde de los árboles de aquel patio inolvidable de mi casa.