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“Mi nombre es Walter, tengo 25 años y los últimos cinco los pasé en varias cárceles de Guatemala. Fui traficante de cocaína, piedra, marihuana y me uní con mi hermano a la mara Salvatrucha. Al principio, la pandilla fue la familia que nunca tuvimos, porque mis padres se conocieron muy jóvenes, él era drogadicto y mi madre lo cuidaba más a él que a nosotros.

Ellos decidieron irse a Estados Unidos cuando yo tenía ocho meses y quedamos con mi hermano al cuidado de una abuela que enfermó cuando yo tenía tres años. A ella tuvieron que hospitalizarla y al quedar abandonados, la Policía nos llegó a buscar en una patrulla como si fuéramos delincuentes. Yo gritaba, lloraba y no quería subir, pero nos montaron y nos llevaron a un orfanato, donde pasamos ocho años, viviendo unas situaciones terribles. Mi hermano y yo no tuvimos infancia.

Mi hermano se escapó primero y después me fui yo. Empezamos a fumar y a beber desde los nueve años, luego cuando nos involucramos en pandillas y en robos nos decían “mareros”. En esa época, mis padres para mí no existían, la pandilla era lo más importante para nosotros, pero luego mataron a mi hermano y yo sentí que lo perdí todo. Me llené de sed de venganza, me convertí en sicario de mi pandilla y participaba en tiroteos donde a veces morían cinco o seis de una vez.

En la cárcel viví la otra realidad de las pandillas, porque para unos habían privilegios que no había para los otros, así es que los que estaban arriba, vivían bien y los que estaban abajo mal. Me sentenciaron a doce años y me desesperé, consumía drogas todo el tiempo como buscando morirme. En esa época me dedicaba a tatuar a otros presos y recibía dinero de la pandilla, pero yo veía que me perdían el respeto por estar allí. En dos ocasiones, trataron de matarme y logré sobrevivir.

Al llegar a la cárcel de Pavón empecé a vivir un cambio en mi vida gracias a la capacitadora de Aprede, una organización que apoya a los presos. Ella me trataba con un cariño al que no estaba acostumbrado, me hacía sentir que yo valía mucho. En la pandilla la forma de demostrarnos cariño, era el maltrato y estaba tan acostumbrado a esa vida que llegué a tenerle más miedo a que me abrazaran que a las balas o a la muerte.

Luego viví un taller del Ceprev en Guatemala. Hacía poco había salido de la cárcel, me sentía desubicado, desesperado y llegué a la actividad totalmente desganado, preguntándome cómo iba a sobrevivir fuera de la delincuencia. Esa experiencia me sirvió de mucho y he vuelto a participar en dos ocasiones más.

El CEPREV me ha enseñado a ver las cosas civilizadamente, a convivir en paz, a ser fuerte y perseverante, a darme valor a mí mismo, a tener respeto hacia mí y los demás, a tener una nueva identidad. En la última ocasión, traje a mi padre que hace poco salió de la cárcel y nos hizo muy bien compartir estas vivencias, abrazarnos, llorar juntos.

Ahora trabajo con Aprede, una ONG que está asociada con el Ceprev, pinto cuadros al óleo, hago grafitis, tatuajes y pienso abrir un taller de serigrafía. Les enseño a los jóvenes a cambiar sus vidas con el ejemplo de la mía, los capacito en todo lo que aprendí sobre lo negativo del machismo para nosotros y cómo vivir una nueva masculinidad, un tema que muchos han aceptado.

Yo estuve preso con mi padre y al principio teníamos una relación difícil, pero lo he apoyado a dejar las drogas y a salir de prisión. El lleva tres años sin consumir después de 43 años de adicción. Ahora tengo mejor comunicación con él, lo he perdonado por su abandono y a mi madre también. Con ella tengo ahora una relación de lo más linda. Antes, nos unía el dolor y ahora nos une el amor.”

 

(La autora relata testimonios de personas atendidas por el Centro de Prevención de la Violencia, Ceprev.)