Gustavo-Adolfo Vargas*
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La segunda ronda de las elecciones municipales se llevó a cabo el 30 de marzo, con catastróficos resultados para el Partido Socialista (PS). La mayoría de los jóvenes (entre 18 y 30 años), gran parte del electorado popular (asalariados y clase obrera) y la clase media se abstuvieron o votaron en contra del Partido Socialista. Algo sin precedente en una elección local.

François Hollande, circunstancialmente nombrado en 2012, tras la autodefenestración de Dominique Strauss-Kahn, no ha logrado conectar con la realidad ni establecer una auténtica relación de confianza con los ciudadanos. La gran ironía es que el castigo a los socialistas proviene del electorado popular y de izquierdas.

La adaptación de la economía francesa a la mundialización es aguda, pero François Hollande gobierna tácticamente sin visión de conjunto, creyendo que podrá eludir los conflictos. En tiempos de campaña electoral, la derecha tradicional utiliza como estandarte temas como el desempleo masivo, el bajo nivel de vida, la deflación salarial y la precariedad social.

La Unión por un Movimiento Popular, UMP, cosecha los frutos del descontento y disfruta de la fuerte movilización de su electorado frente a la desmovilización de la izquierda. El ascenso del Frente Nacional, FN, es muy importante, pero la UMP ha sabido resistir, el ex primer ministro gaullista Alain Juppé fue elegido en Burdeos desde la primera ronda.

La evolución de la imagen y del discurso del FN está bajo la dirección de Marine Le Pen, quien diestramente ha limado las asperezas más importantes, vetustas y xenófobas, de la ideología de la extrema derecha.

La victoria del FN, cuya implantación es ya profunda en el país, convirtiéndose en la tercera fuerza política en Francia, detrás de la UMP y del PS. Ha conquistado 12 ciudades medias y alrededor de 1,200 consejeros municipales en el país, constituyéndose en árbitro en centenares de consejos municipales.

Su retórica se centró en la inseguridad y la inmigración; Marine Le Pen agregó la denuncia del paro, de la destrucción de servicios públicos, la violación de la soberanía nacional por parte de la Comisión de Bruselas y la mordaz crítica de la globalización liberal.

Se ha arraigado en las ciudades medias, expandiendo su influencia desde el Nord-Pas de Calais al sudeste, pasando por el este, por Bretaña y el suroeste (tierra tradicionalmente izquierdista); también es el portavoz de las aspiraciones sociales que reflejan los deseos de amplios sectores de la población.

Tras la derrota sufrida en las elecciones municipales, el presidente François Hollande nombró a su ministro del Interior, Manuel Valls, jefe del Gobierno, reemplazando a Jean-Marc Ayrault, “para abrir una nueva etapa”.

Según los analistas, fue obligado a tomar esa decisión por la extrema presión y la impopularidad récord a que estaba sometido. Hollande anunció “un pacto de solidaridad”, una “reducción de los impuestos” y una “disminución de las cotizaciones pagadas por los asalariados”.

Para la izquierda, lo ocurrido en las elecciones municipales no tiene precedente: el PS no solo perdió 151 ciudades de más de 10,000 habitantes, sino algunos de sus bastiones históricos, como Limoges, que gobernaban desde 1912.

Aun con los embates de los últimos meses, su popularidad (48%) aparece como una luz al final del túnel. Sin embargo, el nombramiento de Valls, conocido por su visión derechista en temas de seguridad e inmigración, está muy lejos de la unanimidad.

Manuel Valls es muy resistido por los ecologistas, la izquierda socialista, e incluso por los sectores moderados de su propio partido. Demasiado a la derecha para algunos, que no dudan en llamarlo “el Sarkozy de la izquierda”, demasiado ambicioso para otros, su naturaleza parece inclinarlo más a dividir que a unir, condición indispensable para un primer ministro.

Lo trágico en estas elecciones es que ha sido el electorado popular y de izquierdas el que le ha pasado factura al Partido Socialista. ¡Una paradoja de la historia!