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Mi nombre es Claudia, tengo 36 años. Cuando tenía tres meses, mi madre me dejó con la familia de mis abuelos paternos. Mi padre me abandonó en el vientre de mi madre, y si bien llegaba a veces de visita no me hablaba hasta que cumplí siete años, cuando se acercó por primera vez solo para abusar de mí, y lo siguió haciendo hasta que cumplí doce años.

Yo sentía que eso me estaba matando y se lo dije a mi abuelita, pero ella me acusó de calumniar a mi padre, y me empezó a tratar de “zorra” y a negar que fuera hija de él. Me tenía como esclava: lavando, limpiando, cocinando. Yo lloraba y clamaba a Dios que me dejara conocer a mi madre.

A los 15, estaba tan desesperada por escapar que quedé encinta de un hombre mayor. Una tía me llevó a abortar con engaños, y cuando la doctora me dijo que estaba embarazada sentí por primera vez los movimientos del bebé. No sabía nada del sexo y de los embarazos, porque nunca me dejaron estudiar, pero quise tener a mi bebé.

Decidí alejarme con mi hijo y me fui a trabajar como doméstica, tuve un novio y me casé. Cuando mi abuela se dio cuenta me quitó al niño, y solo me dejaba verlo a través de las verjas. Varias veces me lo robé y me lo volvía a quitar porque tenía todos sus papeles. En esa época tuve dos niños, pero mi esposo no me ayudaba económicamente y me golpeaba con frecuencia hasta dejarme irreconocible.

Decidí ganarme la vida trabajando como promotora de Soynica, y acogí a mi hijo mayor, que ya tenía nueve años y se había escapado de la casa de mi abuela por el maltrato que recibía. Fue terrible cuando descubrí al poco tiempo que abusaba sexualmente de mis dos niños pequeños, y que mi padre también lo había violado a él. En esos momentos sentí que estaba muerta en vida.

Viví así muchos años, triste, desanimada, me separé del padre de mis hijos menores y empecé a trabajar como estilista. Fue entonces que llegaron a mi barrio las sicólogas del Ceprev. Primero invitaron a mis hijos adolescentes a una capacitación, ellos aceptaron y los vi regresar con un semblante súper diferente. Me contaron que habían visto su vida reflejada en el taller y me rogaron que fuera.

Al poco tiempo yo también viví el taller y me pasó igualito que a ellos, me abrí, saqué lo que guardaba, y sentí que me estaba liberando de todas las cargas que llevaba encima desde mi niñez. Hasta la cara se me miraba diferente, y por primera vez empecé a comunicarme con las personas. Agradezco a Dios y a las sicólogas del Ceprev que me ayudaron a darme el valor de sanar.

Ahora mis tres hijos comprenden lo que ellos vivieron y se perdonaron. Son unidos, los tres tienen novias y el mayor tuvo una niña a la que trata con amor porque no quiere que viva lo mismo.

Yo tuve la fuerza y el valor de ir donde mi padre a enfrentarlo y a decirle todo el daño que me había hecho. Él lloró y me pidió que lo perdonara. Unos meses después, fui a buscar a mi madre, a quien no conocía, y le dije: “Quiero que me libere del rencor que he sentido por usted”. Logré perdonarla, pero todavía no he podido abrazarla, y aunque ella es simple conmigo, siento que la amo con todas mis fuerzas.

Con el Ceprev aprendí primeramente a amarme a mí misma, a amar a mis hijos por igual y a las demás personas. Aprendí a romper el silencio y a comunicarme. Aprendí de la valentía de mis hijos, que a pesar de lo que vivieron no están en las drogas, trabajan y estudian. Lo más importante es que ahora ayudo y les doy fuerzas a otras personas que tal vez pasan por lo que yo viví.

En una ocasión venía en la ruta 119, y de repente me paré y empecé a contarles a todos los pasajeros el testimonio de mi vida. Al final les dije: “Esta mujer de 36 años que hoy miran era una muerta en vida, y ahora esa muerta despertó y es libre de expresar sus sentimientos”. Una señora me felicitó, dos jóvenes lloraban, y me sentí alegre de ser útil e importante para los demás.

(La autora relata testimonios de personas atendidas por el Centro de Prevención de la Violencia, Ceprev).