Augusto Zamora R.*
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Son fenómenos naturales que hacen parte de la formación misma de los planetas. Desde los inicios de nuestra Tierra, los terremotos han configurado la geografía mundial.

Antigua y trágica es la relación de nuestra especie con los movimientos telúricos. Larga la lista de vidas, ciudades y civilizaciones destruidas.

La leyenda de la Atlántida nace de terremotos y de una erupción ciclópea que borraron la isla de Tera, quizá la más próspera de la cultura griega del bronce.

Un terremoto hundió en el Mediterráneo el famoso faro de Alejandría, una de las siete maravillas del mundo antiguo. Con el faro desapareció parte de la ciudad fundada por Alejandro que, además, había guardado una maravillosa biblioteca.

La necesidad creó la sismología. Hoy sabemos de terremotos más que nunca. No obstante, siguen provocando calamidades, unas evitables, la mayoría no.

Managua fue designada capital para resolver la rivalidad entre Granada y León, causa de perpetuas guerras civiles. Entonces se ignoraba la fragilidad de su subsuelo.

Un primer terremoto destruyó Managua en 1931. Otro la volvió a destruir en 1972.

Los expertos recomendaron cambiar de sitio la capital, por estar asentada sobre fallas sísmicas enormes, que provocarían, más temprano que tarde, otro terremoto desolador. Empeño inútil: intereses creados e irresponsabilidad dejaron la capital en el mismo sitio.

En esa angustia vivimos. Con país, vidas y economía en un puño. Esperando, ciegos, que otro terremoto nos haga retroceder 50 años.

La sismicidad es infinita. La estupidez humana también.

 

az.sinveniracuento@gmail.com