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Las autoridades italianas recién revelaron que en las últimas 24 horas han llegado a la isla de Lampedusa, al Sur de Sicilia, 4,000 migrantes.

Lo alarmante, además del drama de los que huyen, es que ya no solo llegan de África: Sudán, Mali, Senegal, Eritrea o Libia; sino que ahora también provienen de Siria y Palestina.

Las autoridades italianas —con lo fácilmente permisible de su lengua para el drama y la exaltación— no saben qué hacer; pues alegan que ya no alcanza más gente en los albergues; el dinero que la Unión Europea les dio para enfrentar este problema es muy poco; y están expectantes de mayor número de inmigrantes. Y la península italiana, por su localización, se presta para ser esa tabla de salvación.

No es difícil preguntarse porqué los que huyen buscan los países desarrollados, seguros, ordenados. Se marchan hacia Europa Occidental, Estados Unidos, Australia o Canadá.

Nadie se quiere ir a Rusia, Cuba, Corea del Norte o Venezuela, por muy bien que vendan, con la propaganda, sus líderes “a estos países. ¿Por qué las gentes sencillas —del África o del Medio Oriente— que huyen en busca de la libertad, se van hacia estas naciones capitalistas, “degradantes, con crisis financieras continuas y de valores decadentes, gobernados por burgueses insensibles e inhumanos”?

La respuesta es un asunto de intuición o de simple razonamiento. Vistas las cosas desde otro ángulo, la situación no es que Italia no pueda manejar el asunto, que ya se convirtió en un tema europeo (¿les alegrará a los nórdicos estar tan lejos allá en Escandinavia!): el problema tiene muchas aristas.

La cuestión es que los conflictos políticos, tribales, religiosos, raciales o económicos, tienen secuelas a larga distancia, por muy lejos que esté un foco de problema.

Hoy nadie está lejos de ser afectado por un fenómeno social, sanitario o ambiental. Toda frontera es porosa. Toda frontera es un filtro permisivo.

Tristemente, la humanidad, ya tiene que aceptar que el conflicto es permanente; y que cada vez que haya guerra y sangre en una parte del mundo, debemos convivir con ello. Nadie sabe cuándo terminarán los conflictos en Siria, Afganistán, Ucrania, Paquistán, Irak, Sudán…

¿Estamos condenados a vivir pendulando entre la civilización y la barbarie? En lista de espera, escalando para convertirse en conflictos que rebasen las fronteras están: República Centroafricana, Nigeria, Tailandia; y muy probablemente, Myanmar.

Al final, los políticos con más sentido común, o con menos sensibilidad social, dirán: “Dejémosle esto a la ONU y que sus órganos resuelvan los problemas”.

El asunto es que las migraciones son una bomba de tiempo. Pero cuando se asientan los migrantes, se convierten en suplidores de riquezas para las economías de los países que abandonan. Luego crean flujos entre puntos de contacto; desarrollan nichos de mercado; y finalmente, surgen minorías que después inciden en las políticas de los países acogedores.

¿Todo se inicia como drama y termina como bonanza? ¿Y todo comienzo presagia dolor y traumas?

Europa ya está saturada con este tema. Como consecuencia de ello, se forman alianzas y partidos que se tornan anti-inmigrantes en Francia, Holanda y Austria. Estos movimientos tienen fuerza. Y parece que ese camino seguirán Alemania, Suecia e Inglaterra.

¿La bomba de tiempo, se evidencia, no será nuclear sino humana o maltusiana?

Cuando los países se unen en alianzas, federaciones, solo abren sus fronteras hacia aquellos con quienes se están vinculando. El que queda fuera, se convierte en una amenaza peligrosa. ¿Toda unión implicará rechazos a terceros?

¿Esto demuestra que el mundo no va en la dirección de mayor integración, sino en la de mayor fragmentación?

Al volver los ojos hacia los africanos y medio-orientales que huyen de sus países, nos enteramos que estos asumen que los que les recibirán tienen una deuda moral con ellos (¡en particular los africanos!); pues los colonizadores europeos en un tiempo les dividieron, colonizaron y tomaron sus recursos sin resarcir mucho o nada. Cada país conoce su historia.

Cuando los países industrializados, hace algunos años, decidieron destinar un 0.7% de su PIB para cooperación internacional, hubo quienes tuvieron más esperanzas y sintieron mucha complacencia con estos países desarrollados (u ordenados, como decía mi padre); y que los problemas de pobreza, desnutrición, ignorancia, violencia, se irían extinguiendo.

Las cosas no parecen así. Tampoco podemos culpar a los donantes por todos los problemas recurrentes en nuestros países. ¿Todo se reduce a una cuestión ética? ¿Son la indiferencia, el egoísmo, la insensibilidad y la insolidaridad los antivalores subyacentes en los problemas humanos?