Jorge Eduardo Arellano
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El proceso electoral, una vez más, ha demostrado lo difícil que resulta generar en la población autoaprendizajes significativos respecto al valor, sentido y alcance de la democracia.

La democracia es una lección social, ciudadana muy difícil de aprender y de aplicar. La democracia no constituye una realidad ya concluida, establecida y perfecta; es más bien un proceso que se va construyendo, está en permanente recreación.

En cierto sentido se puede decir que la democracia no es, sino que se va siendo, se va haciendo. He aquí su debilidad y su grandeza. Debilidad y grandeza precisamente porque es una realidad en permanente perfeccionamiento que está en nuestras manos, es decir, de quienes somos dueños del poder y a quienes corresponde ejercer el poder ciudadano. En este sentido, parte substantiva de su razón de ser consiste precisamente en su construcción permanente no de algo ya perfecto del que se derivan todas sus exigencias, beneficios y resultados. Como poder del pueblo la democracia requiere que el pueblo asuma ese poder, lo que en la práctica supone preparar al pueblo para ejercerlo.

La forma tradicional, la que está moviendo el proceso electoral actual, está en actuar en el pueblo para que conozca y decida en manos de quién o de quiénes va a delegar su poder para que lo ejerzan en su nombre, dejando en suspenso si lo ejercerán en beneficio del pueblo y con muchas dudas de que lo hagan.

Aquí radica la enorme dificultad del autoaprendizaje democrático. El pueblo en general desconoce el amplio abanico de la democracia porque asume que ésta se reduce a depositar su voto haciendo uso de su derecho a votar.

Los modelos pedagógicos que maneja la propaganda de los partidos políticos ni se aproxima a las exigencias básicas orientadas a que los ciudadanos construyan el conocimiento y la conciencia para decidir su voto más allá de depositarlo en la urna.

Los partidos políticos se mueven fundamentalmente en el modelo pedagógico asociacionista, el cual se puede conectar fácilmente con el modelo pedagógico imitacionista.

En efecto, todo se prepara, así actúan las diversas modalidades de propaganda, es decir, todo está dirigido a producir conductas mediante la asociación de estímulos incondicionados (reflejos) o condicionados que generan determinado aprendizaje previamente calculado para ser trasmitido. En términos pedagógicos el proceso electoral es una concatenación perfecta de reflejos condicionados que influyen en la conducta y por tanto decisión de muchos que harán uso de su derecho al voto, que decidirá la ubicación de su propio poder.

La propaganda consiste en incentivar estímulos semejantes para un aprendizaje común. Por eso, a mayor número de asociaciones estímulo-respuesta, ésta tendrá mayor firmeza y penetración en las decisiones de la gente. El ciudadano está emocionalmente preparado para que los estímulos de la multifacética propaganda activen sus conocimientos y preferencias para depositar su poder en determinado partido y personas.

Conscientemente he caricaturizado la pedagogía que sostiene nuestro proceso electoral, despreciando aparentemente la conciencia de la gente y su capacidad de apreciar en toda su amplitud la responsabilidad de su voto.

Por otra parte, los esfuerzos que se hacen en sentido positivo están con frecuencia mezclados con descalificaciones, desprecios, insultos contra el adversario, los que en un clima emocional extremo fácilmente llevan al odio y a la violencia.

Se enseña a votar contra alguien y no a favor del propio pueblo, lo que explica que éste expresa con frecuencia que nada de lo que prometen los candidatos a representarlo lo cumplen.

Se sienten utilizados, sin embargo van a votar, es decir, funciona al estímulo-respuesta casi mecánicamente sin penetrar en la conciencia, mediante un proceso serio que genere una decisión razonada desde el conocimiento profundo de los respectivos candidatos y sin posibilidad real de apreciar el retorno de su voto, salvo honrosas decepciones, en forma de beneficios expresados en programas concretos.

Otro aspecto que se hace presente en un proceso electoral con formación política limitada de la gente y con el predominio de actitudes violentas, es el peligro de imitar algunas de esas acciones y convertirlas en actitudes naturales. La violencia tiene mucha fuerza de imitación, sea ésta visible o no tan visible, pero asimismo eficaz en los medios de comunicación. El modelo pedagógico de la imitación tiene un enorme poder para generar lo bueno y lo malo.

El ejemplo manda, contagia, enseña y posee un gran impacto sobre todo en la niñez, adolescencia y juventud. El proceso electoral trata de evidenciar y asentar el valor clave y tan necesario de la verdadera democracia, de la convivencia y bienestar de la ciudadanía y de la bienandanza del país. Pero la forma de hacer proselitismo y algunas manifestaciones de la contienda electoral, de los miembros y de las bases de los partidos, así como algunas expresiones de los medios de comunicación, han abierto espacios para imitaciones negativas, lo cual es preocupante.

En fin, la construcción de la verdadera democracia en la que el pueblo es el origen y fin de su razón de ser y actuar, constituye una lección muy difícil de aprender; quizás porque en el fondo la democracia que impera entre nosotros es un mero remedo de su significado y alcance originales. Resulta difícil, por no decir incongruente, aprender remedos y a lo sumo aproximaciones de la verdadera democracia. Habría que cambiar muchas cosas.

La conclusión parece evidenciar el reto de construir decididamente en los niños, adolescentes, y sobre todo jóvenes, ser sujetos democratizadores, constructores de democracia. El espacio apropiado para hacerlo es la propia sociedad organizada, los partidos políticos y en forma más sistemática el Sistema Educativo, porque la forma actual de hacer democracia apenas abarca un momento de ella.

*Ideuca.