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Cada día que pasa resulta más obvio responder con responsabilidad a la cuestión que planteara al país el P. Xabier Gorostiaga, S.J. ¿qué educación, para qué modelo de desarrollo?

El crecimiento económico mundial se ha incrementado en los últimos años de forma exponencial, el avance técnico se difunde a la velocidad de la luz, la información se transmite sin barreras temporales ni espaciales; los estilos de consumo se han transformado, prometiendo mejorar notablemente el bienestar humano mediante la modernización de la economía.

Sin embargo, este modelo de crecimiento ha puesto al desnudo sus entrañas profundamente injustas e irresponsables, con amplias brechas de deshonestidad y de inequidad. Su estructura de “copa de champán” permite apreciar que, el 75% de la población del mundo --ubicada en los países en desarrollo--, solo cuente con el 16% de la riqueza mundial. Se han abierto mayores brechas en la distribución de riqueza entre los países más ricos y los más pobres. Los daños causados por este modelo de progreso en el mundo, particularmente en Latinoamérica, son muchos: contaminación del medio ambiente, agotamiento de recursos, incremento del desempleo, delincuencia, graves desequilibrios de género, mayor violencia, corrupción, drogas, etc.

En este contexto, Nicaragua tiene el gran desafío de reconstruir y de reconducir al país, sirviendo la Educación de factor clave y decisivo para asegurar un desarrollo con equidad. Con esta tónica, las últimas décadas han aportado documentos construidos con algún consenso social, como el Plan Nacional de Educación 2001-2015, el Foro Nacional de Educación (2004-2016); y más recientemente, el Plan Nacional de Desarrollo Humano y el Plan Estratégico del Ministerio de Educación.

Todos ellos ofrecen sustento apropiado para transformar el modelo educativo actual, con sentido de nación, en la perspectiva de un Desarrollo Humano Sostenido y con participación dinámica de amplios sectores de la sociedad civil e instituciones públicas y privadas. El Informe de la Comisión Delors (Unesco), nos previene cuando afirma que “no se puede concebir la educación como motor de un desarrollo verdaderamente justo, sin interrogarse, en primer lugar, sobre los medios de contener la deriva acelerada de algunos países arrastrados en una espiral de pauperización”.

Con sobrada razón, Naciones Unidas amplía el concepto del desarrollo económico, incorporando la dimensión humana, ética, cultural y ecológica. En este sentido, considera el bienestar humano como la finalidad del desarrollo, añadiendo a los índices económicos, nuevos indicadores de Desarrollo Humano de salud, promedio de vida, alimentación, nutrición, acceso al agua potable, alfabetización, educación, cultura, medio ambiente, igualdad de los grupos sociales y de género. Y todo ello, en perspectiva de sostenibilidad o de largo plazo.

Vistas así las cosas, importa sobremanera que la educación del país sufra profundas transformaciones, formando a la niñez y a la juventud en la responsabilidad para construir el propio desarrollo y el del país, con una mirada de largo aliento, con capacidad crítica para desentrañar y desencadenar el potencial endógeno, y con la dosis ética necesaria para construir una sociedad rica en valores, producción material y conocimiento.