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La tensión por los sismos de los últimos 15 días han dejado dos lecciones importantes a los nicaragüenses, en especial a los habitantes de Managua, la capital dos veces destruida en su historia por terremotos: en 1931 y 1972.

La primera lección es que Nicaragua es un país altamente sísmico en su región del Pacífico, donde predominan los volcanes y las lagunas que, alguna vez, hace cientos o miles de años, fueron cráteres fogosos, y los habitantes de este territorio tienen que aprender a vivir entre temblores terráqueos, tomando en cuenta las normas básicas de prevención y protección.

La segunda es que urge cambiar o mejorar los sistemas de construcción, porque, como dijo un experto japonés, los terremotos no matan, son las malas construcciones las que lo hacen. Lo vimos hace más de dos semanas, el 10 de abril, cuando los municipios de Managua, Mateare y Nagarote fueron sacudidos por un terremoto de 6.2 en la escala de Richter, el mismo nivel que el terremoto de 1972 que botó la capital. En esta última ocasión, los daños fueron mínimos, y las pocas casas que cayeron o se dañaron fueron las más viejas o las construidas con estructuras débiles, sobre todo en la ciudad de Nagarote.

El Gobierno mantiene la alerta roja en Managua, en Ciudad Sandino, en Mateare, en La Paz Centro, en Nagarote y en León, porque aún existe el peligro de un sismo fuerte, pero independiente de que la próxima semana o después suspendan esa alerta de peligro, los nicaragüenses que viven en estos municipios, y en general todos los habitantes de la franja del Pacífico, deberían estar siempre atentos, precavidos, ante estas eventualidades de la naturaleza.

Las autoridades municipales, por su lado, deberán ser más exigentes con la supervisión de las construcciones, porque lo más importante es proteger la vida. También, la educación sobre cómo actuar y cómo protegerse ante un desastre de esta índole, ha de ser desde ahora una materia obligatoria en los colegios, y una rutina en los centros de trabajo.