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El hombre que hace más de siete mil años comenzaba a manipular un trozo de cobre para construir una herramienta, no era consciente de que lo que estaba haciendo en realidad era pasar una página en todos los libros de texto con los que estudiarían la evolución de la humanidad los escolares de los siglos venideros. Tampoco conocía la magnitud verdadera de su acción quien, al final de la llamada Edad de los Metales, iniciaba no un nuevo capítulo, sino la historia misma, con la invención de un sistema que permitiera perpetuar los hechos al convertirlos una incipiente forma de escritura.

La evaluación de las consecuencias y el rigor de las investigaciones marcan los puntos de inflexión en la Historia. La perspectiva del tiempo pasado bautiza los hitos sobre los que saltamos de una era a otra, y confieren a los hombres de cada tiempo la condición de protagonistas de los períodos en los que se divide la crónica de la humanidad.

Colón no sabía, cuando pisó por primera vez tierra en América, en la isla de Guanahaní, que aquel día de octubre estaba inaugurando realmente una edad de la historia. Tampoco lo supo Robespierre, cuando firmaba su acta de diputado por el Tercer Estado de Francia, que daría origen a la Revolución y a la Edad Contemporánea. Aún no sabemos siquiera si ha concluido ese tiempo histórico, porque serán los historiadores del futuro quienes, cargados de rigor y de perspectiva, delimiten otra edad en la historia del hombre.

Tal vez sea la caída del Telón de Acero o los atentados terroristas del 11S los que, pasado el tiempo y analizadas las consecuencias, determinen que en esos instantes se iniciaba un nuevo capítulo que deberán estudiar los escolares para preparar sus exámenes. O si el hito tiene que ver con la evolución tecnológica, como ocurrió con la manipulación de los metales, la invención de la escritura o la máquina de vapor; puede que sean la eclosión de internet o la secuenciación del genoma humano los avances que inauguren un nuevo tiempo en los manuales de Historia.

Serán, en cualquier caso, quienes nos miren desde las próximas décadas quienes lo decidan, como ocurrió con uno de los períodos artísticos más relevantes en la Europa Occidental, el Barroco, que apareció por primera vez como término en el Diccionario de Trévoux, en 1771. Ni Velázquez ni Bernini ni Vivaldi supieron antes de morir que sus respectivas obras serían consideradas grandes exponentes del barroco en sus disciplinas. Ni siquiera podrían haber conocido que se llamaría así al período que se iniciaba a finales del siglo XVI.

Así es la Historia. La que se escribe desde hace alrededor de cinco mil años. Es la madurez del tiempo la que determina lo que es Historia, escrita con “hache” mayúscula, y lo que no pasa, en cambio, de constituir una colección de historias —en minúscula inicial— protagonizadas por artistas, científicos, mandatarios o personajes anónimos, a los que su ambición de notoriedad les hace arrogarse una condición de relevancia, que será el análisis de las consecuencias de sus hechos lo que determine si realmente tienen o no.

En inglés, el comprensible error al escribir sobre la Historia que se esculpe en el mármol de los espacios nobles, y las historias que no merecen más que unas líneas de tinta en algún panfleto de barrio, se soluciona con dos palabras diferentes, aunque con el mismo origen etimológico: History y story.

En castellano, mejor hablar de historietas, utilizando el sufijo que añade un tono despectivo, extensivo a quienes se autoproclaman --merced a sus grandes logros y a su condición de próceres de las artes, la política o la ciencia-- protagonistas de una Historia que, en realidad, no es más que un cúmulo de fábulas y de anécdotas que no aguantarán el paso de las décadas ni el rigor de los investigadores.

 

Twitter: @oscar_gomez