•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

La Iglesia católica canoniza dos nuevos santos: los papas Juan XXIII y Juan Pablo II. Este último es bien conocido en Nicaragua, pero pocos conocen a Juan XXIII, uno de los más grandes papas de la historia de la Iglesia, llamado el “Papa Bueno”, por su inmensa bondad y por su admirable santidad. Su humildad fue acompañada de una gran inteligencia, y su sencillez de corazón no le impidió desarrollar dotes diplomáticas y emprender monumentales obras como el “revolucionario” Concilio Ecuménico Vaticano II, congregando a todos los obispos para realizar la mayor renovación de la Iglesia en quinientos años.

Angelo Giuseppe Roncalli nació en 1881, hijo de sencillos campesinos italianos. Por su destacada inteligencia y por su carácter bondadoso destacó como seminarista, sacerdote y obispo. Presidió la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe, fue Delegado Apostólico en Bulgaria, Turquía y Grecia, permitiéndole entrar en contacto con la Iglesia ortodoxa y con el Islam, que lo enriquecieron con una amplitud de miras de la cual la Iglesia católica se benefició. Durante la Segunda Guerra Mundial, realizó innumerables viajes desde Atenas y Estambul a distintos frentes de guerra, llevando palabras de consuelo a las víctimas. Atenas no fue bombardeada ni destruido su fabuloso legado artístico y cultural, gracias a sus esfuerzos diplomáticos. También fue Nuncio en París y luego Patriarca de Venecia, con el rango de Cardenal.

Cuando murió Pío XII había una fuerte división entre los cardenales ultraconservadores y quienes querían un papa abierto a hacer reformas. Cuando se convencieron de que ningún grupo lograría los votos necesarios, se pusieron de acuerdo en elegir al anciano y bonachón cardenal gordito y simpático --pero con prestigio-- que seguramente no viviría mucho y no haría nada importante. Eligieron al Patriarca de Venecia, cardenal Angelo Roncalli. ¡No se imaginaron el bendito “terremoto” que tal elección iba a causar! ¡El Espíritu Santo inspiró su elección, sin duda!

Roncalli, electo en 1958 como el papa Juan XXIII (en honor al apóstol Juan), desde los primeros días de su pontificado comenzó a comportarse como nadie esperaba, muy lejos de las poses rígidas y de la solemne actitud de sus inmediatos predecesores. A diferencia de ellos, como obispo de Roma, visitaba personalmente las parroquias de su diócesis. A los dos meses visitó a los niños en los hospitales Espíritu Santo y Niño Jesús; al día siguiente fue a visitar a los prisioneros de la cárcel “Regina Coeli”.

Sus predecesores vivían encerrados, inaccesibles e invisibles, dentro de los muros del Vaticano. Su primer enfrentamiento con la poderosa Curia Romana, lo tuvo al reducir los salarios y las altas sumas para gastos que recibían los cardenales y monseñores que formaban la burocracia del Vaticano. En cambio, dignificó las condiciones laborales de los trabajadores de la Santa Sede, que carecían de los derechos de los trabajadores de Europa, además de tener muy bajos salarios. Un día los reunió y les dijo, aludiendo a su obesidad: “Como tendrán que trabajar para un papa que es el doble del anterior, van a ganar el doble del salario”. También sorprendió cuando, por primera vez en la historia, nombró cardenales hindúes y africanos, un japonés, un filipino, un venezolano y un mexicano.

Recién electo papa, Juan XXIII invitó a cenar en el Vaticano a sus hermanos y sobrinos, hombres, mujeres y niños campesinos alegres, que irrumpieron con risas y conversaciones bulliciosas --al estilo típico italiano-- en el Palacio Apostólico, ante la incredulidad y la estupefacción de la Curia Romana, escandalizada por semejante “irreverencia” contra el acostumbrado rígido protocolo papal. El sentido del humor del “Papa Bueno” era proverbial; una vez los periodistas le preguntaron: “Santidad, ¿cuántas personas trabajan en el Vaticano?”. Su respuesta fue: “Creo que como la mitad”.

En 1962, el papa Roncalli abrió el Concilio Ecuménico Vaticano II, que cambiaría el rostro de la Iglesia católica con una nueva visión teológica más amplia y actualizada, una nueva concepción de la misión de la Iglesia, un diferente acercamiento al mundo moderno. Para entender las inmensas dimensiones de las reformas de este concilio, recordemos que la liturgia católica no había sido reformada desde el Concilio de Trento en 1570, con todos los ritos en latín (la misa en latín, con el celebrante de espaldas al pueblo, no la entendía casi nadie, y muchos rezaban el rosario o novenas mientras el sacerdote celebraba, debiendo las mujeres llevar la cabeza cubierta, y ningún laico podía participar como lector).

Durante 400 años tampoco se había avanzado en los necesarios cambios de la vieja teología del Concilio de Trento, en un mundo donde el pensamiento humano había evolucionado mucho, y la ciencia había aportado en cuatro siglos nuevos conocimientos que hacían obsoletas varias concepciones medievales que subsistían en la Iglesia.

Entre los cambios más importantes están: haber puesto la Biblia en manos del pueblo (antes su libre lectura era prohibida para “no confundirse”); se permitió la interpretación bíblica histórica-crítica y no literal; se destacó la opción preferencial por los pobres; el papa se transformó más en pastor que en monarca; y a los laicos se les dio su verdadero valor como miembros importantes de la Iglesia (que ya no sería sinónimo del clero, sino del Pueblo de Dios).

El “Papa Bueno” indicó que la Iglesia debía renovarse para hacerla capaz de transmitir el Evangelio en los nuevos tiempos. Juan XXIII murió en 1963. En menos de cinco años como papa realizó reformas que no se habían hecho en 500 años. Además del Concilio, reformó el obsoleto Derecho Canónico, y sus encíclicas “Madre y Maestra” y “Paz en la Tierra” señalan el papel de la Iglesia católica en el mundo actual.