Jorge Eduardo Arellano
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Mañana le toca a las ciudades y pueblos de Nicaragua decir su opinión, si pueden, si le dejan, sobre lo que está ocurriendo. Qué raras son estas elecciones, ¿verdad? Qué raro todo, qué feo. Nadie quiere mal para Nicaragua. Pero eso será mañana, cuando usted votará por los cambios que desee.

De momento, no estará mal volver la mirada a las esperanzadoras noticias que llegaron esta semana de Estados Unidos. Recuerdo la mañana en la que me encontraba dando clases y una alumna vino a decirme que una de las torres gemelas había caído. Creí, como muchos, que se trataba del trailer de alguna película, pero cuando alcanzamos a ver cómo caía la segunda, supimos que la historia iba a dar uno de esos giros atroces cuando se juntan en el mundo unos cuantos desalmados, incluyendo el presidente de Estados Unidos mismo, Bin Laden, su antiguo aliado, etc.

Desde entonces no ha dejado de pasmarme el alejamiento del pueblo norteamericano del resto del mundo, o de gran parte de él. Lo escuché literalmente en las palabras de un soldado de EU en Irak, cuando se ocultaba en una esquina de un tiroteo contra su destacamento. Una cámara lo seguía. Desde que se puso de moda que los periodistas fuesen “empotrados” en los vehículos militares para contar la guerra, cualquier intento de objetividad se había perdido. Pero en ese caso, las palabras del joven soldado desconcertado y nervioso, eran las de los pueblos y aldeas del interior de Estados Unidos que aún hoy hubieran seguido votando por Bush (arbusto en español). “¡No comprendo por qué nos atacan; hemos venido a ayudarles y nos están atacando!”.

Estando en Guatemala, durante la reelección de Bush, pasamos buena parte de la noche con la boca abierta. Se podía tolerar que Estados Unidos votara alguna vez por un pobre diablo como Bush, pero una segunda vez, era ya una forma de tortura. Los márgenes ajustados por los que ganó el ejecutor de Texas eran muy justos, es verdad, pero ganó. Cuatro años más de sangre, terror, guerras, invasiones.

En Afganistán, una noche de tantas, según informaron las agencias, la aviación norteamericana llegó a la aldea de Niazi Qala, al sureste del país. Iban en busca de miembros de Al Qaeda o de talibanes, no recuerdo. Las mujeres salieron corriendo con sus hijos y se toparon a la orilla de un río que les cerró la huida. Los aviones con sus armas de última tecnología para la visión nocturna dispararon a todo lo que se movía en la desesperanza de no poder cruzar el río. Esa noche murieron decenas de mujeres y esos niños. En total se calcula que mataron a cien civiles, según informó el portavoz de la ONU entonces. “Se abriría una investigación del caso”. Nada hemos sabido después.

Y lo peor es que no ha sido un caso aislado, sino que se ha repetido decenas de veces en Afganistán y en Irak. Nada hemos sabido. A quién le importa ya. “Errores” de la guerra contra el terror, le llaman.

En lo que va de invasión en Irak ya han muerto más civiles de los que ni Husseim con toda su maldad podría haber provocado. Nada. Después, esas mujeres del río, se han difuminado ante las enormes cifras récord de ataques, suicidas o con aviones pilotados a control remoto, de bombas, de locura. Esas mujeres del río, parece que nunca existieron.

El derecho internacional humanitario que tanto cuesta consensuar y respetar en medio de los conflictos, para Estados Unidos no tiene objeto cuando se habla de Guantánamo, y las personas que encierran ahí, y torturan, son en muchos casos inocentes de lo que Estados Unidos les acusa, como se ha demostrado después.

Sí, yo también soy de los que piensan, con demasiada inocencia, con demasiada quizá estupidez, que George Bush debería ser juzgado por un tribunal penal internacional. Ése sí que sería un verdadero cambio, mucho más grande que el de que gane el primer presidente negro en la historia de ese país. Se han demostrado sus mentiras, sus burlas, sus crímenes a conciencia, sus ejecuciones. Qué más pruebas necesitamos. Ha tomado a pueblos enteros como víctimas sin que le haya temblado la mano. Y en el fondo, qué pena, un pobre diablo al que tantos millones de personas confiaron la política exterior de su país, al que le dieron las armas, y los millones que hay detrás de las armas.

Y luego, esos personajes a la luz de sus sombras, Dick Cheney, Condoleezza Rice, y esos embajadores que no les ha dado la más mínima vergüenza representar una administración de ignominia. Caiga sobre ellos la vergüenza. No pasará mucho tiempo en que muchos oculten de sus currículum el haber participado de forma directa o indirecta de la era Bush (arbusto), como lo hicieron tantos otros en la Historia.

Les ha costado a los norteamericanos ocho años comprender el error. A nosotros nos ha costado ocho años la pesadilla de lo que hemos vivido y ya no podremos olvidar. De lo que le contaremos, si llegamos, a nuestros pequeños. Pero, ¿cómo se lo contaremos? ¿Cómo dejamos que sucediese que unos descerebrados nos mandaran a la “mi…”?
Pero a los que más les ha costado son a tantos que han perdido la vida bajo las armas de un canalla instalado por la democracia en la Casa Blanca. Por ellos, por esas mujeres del río que parece que nunca existieron, y de cuya noticia en un breve de un periódico, siempre recuerdo, habría que sentar a Bush ante un tribunal penal internacional.

Sí, mientras, al menos, nos cabe el consuelo que su tiempo se acabó, que como Macbeth no podrá conciliar el sueño, porque ha matado el sueño. Nos cabe la esperanza de que con un voto, al menos, se pueden cambiar algunas pequeñas grandes cosas.

Por cierto, mañana, en Nicaragua…
franciscosancho@hotmail.com