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Recién partió un gigante de la literatura universal. Se marchó Gabriel García Márquez, urdidor de relatos atrapados entre sentencias severas del tiempo y frases absurdas de sus personajes.

El colombiano más importante del siglo XX abandonó el mundo material. Es ahora un habitante de su propio reino que deambula entre fábulas, mitos, espíritus y ángeles sin destino. ¡Su reino mágico de otro mundo nos lo dejó como herencia y goce, como lámpara prendida para los que gustamos de coser palabras!

¿Cómo tomamos la muerte de un escritor influyente que nutrió y extendió la literatura, más allá del español? Ahora es marqués, duque o príncipe, como Quevedo, Darío, Neruda, Borges.

¿Qué decir de quien tuvo la tarea absurda e irreprochable de develar mitos y hazañas de personajes ridículos?

Sí importa el silencio que deja, luego que su voz causara estruendo, agitara la narrativa, convulsionara las tramas de los cuentos y la nueva prosa cantada desde el cálido atlántico colombiano de mágicos protagonistas que se repiten, polvosos pueblos nostálgicos de ferrocarriles zigzagueantes, fantasmas cómplices que conversan bajo funestas demarcaciones del tiempo, leyendas laberínticas, como los dibujos geométricos de Maurits Escher.

No nos acostumbraremos a vivir sin sus años de soledad, sin contemplar a los generales en su laberinto, sin saber por qué no le escriben al coronel, sin conocer los relatos de náufragos, sin disfrutar de amores no correspondidos en tiempos del cólera, o desabrigar simpatías por las putas tristes. La lista puede seguir, porque la palabra entró a otra dimensión cuando aquel estudiante de Derecho (¡otro genial drop-out!) marchó a Bogotá con su máquina de escribir para tomar notas y urdir historias que luego serían hojarasca o mujeres de largas cabelleras castas, que imprecaban, traicionaban, lucubraban, embrujaban, perdonaban, como semidiosas griegas.

Pero también existía un Gabriel García Márquez —con pies en la tierra— que se amistaba con Fidel Castro para hablar de literatura, de balística, de tramas, de cine, de historia, de los colores encendidos del trópico, del olor de la guayaba.

Era renombrado como periodista trotamundo, guionista, articulista, ensayista. Creaba imbuido del aroma de flores amarillas.

Vivía como un monje entregado a su propio claustro de letras y silencios, recordando a su abuela; rememorando las historias de su antepasada: enmoñada y de mantilla, que miraba la noche con ojos bien abiertos, como si la espiara.

Es difícil olvidar la diversidad de ambientes inspirados por William Faulkner o por algunos relatos enmarañados de Jorge Luis Borges; o arrancados del lejano rey-profeta, Rubén Darío.

Gabo sigue siendo el ocurrente narrador que universalizó a Colombia: despreocupado, arisco, orgulloso de su costeño acento, o de su formación cachaca de periódicos y cortaditos; de su Aracataca: de trenes, bananeras, ambulantes turcos vendedores, italianos recitantes del Dante o gringo sin adaptados, como salidos de un cuento de Edgard Allan Poe.

Escribió sobre nuestra Granada, como si fuera una Cartagena lacustre de elegante esbozo sevillano y nostalgias de gran urbe; de calles des-calzadas, zaguanes portentosos, patios con fuentes, iglesias semejando faros urbanos, balcones altivos. Toda ella postrada ante un volcán de hojalata azul.

Cuando ya nos habíamos acostumbrado a sus frases absurdas —como si la literatura estuviera enloquecida después de tantos intentos por escribir novelas contundentes y excitantes— muere el hijo del Quijote, el descendiente de Aureliano Buendía, el vástago de la América hablante (¡o gritante!) de irrealismos ciertos y provocadores.

Toda la lengua solloza. El español entristecido, enmudece. Una voz calla, dejando nostálgicas estirpes que siguen en busca de cuentos peregrinos o tristes historias de abuelas desalmadas.

Gabo nos hará mucha falta: como nos faltaría el Sol, el vino, la mujer amada, un poema de Neruda, una canción napolitana, una tarde en Venecia o lo exótico de un país oriental.

El rey del boom literario descansa.

Estalló su vida de palabras ahora inaudibles. Colapsó su pluma fecunda de personajes de vidas absurdas, sujetos caribeños atribulados por el tiempo, esperando un desvarío del destino, o de guerras repentinas y repitentes, sin que nunca llegue el último vencedor.

La muerte no le vence; le acompaña sorprendida. Y él, vestido de liqui-liqui; sin rendirse, aunque muriera; sin apagarse, aunque ardiera.

Ahora él es un personaje, como en La Odisea lo verían los cíclopes: auténtico, indiferente, dichoso, tranquilo, feliz en su laberinto —aún frente a un pelotón de fusilamiento—. O sentado en una mecedora, esperando a sus cómplices: Cortázar, Fuentes, Donoso, para contarles que terminó la Crónica de su Muerte Anunciada.

Extrañaremos mucho al grande maestro don Gabriel García Márquez.