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El torbellino de la revolución le trajo a mi generación, además de los profundos cambios político-sociales, los nombres y la obra de muchos autores que hasta entonces, por “subversivos”, habían estado casi prohibidos. Uno de ellos fue Gabriel García Márquez. Después, nos enteramos con entusiasmo de que él era uno de los intelectuales latinomericanos amigos de las revoluciones. Supimos que ya antes del triunfo de la revolución, se había involucrado en nuestra causa. Con las armas que no dejó de blandir hasta el final: sus ideas y su pluma mágicas.

Fue también así, fortuito, casi clandestino, sonriente y bigotudo, escondido tras la voz cantarina y la sonrisa de una muchacha bonita, que entró Gabo a mi vida, a mi vida de colegial entonces, de escritor y traductor más tarde y para siempre.

La historia es esta: acababa de finalizar la Cruzada Nacional de Alfabetización, y a nuestro regreso de esa jornada a las aulas de cuarto año de secundaria, me encontré con una lista de libros de lectura obligatoria. Allí me vi las caras por primera vez, entre muchos otros, con El llano en llamas, El Señor presidente, El Güegüence y, por supuesto, con Cien años de soledad. Se nos dijo que había que elegir por semestre uno de esos libros, leerlo y hacer luego en clases una ponencia del contenido. Se elaboró una lista. Yo era uno de los últimos, y a pesar de ese hecho, le pedí dos veces a la profesora, bajo burdos pretextos, que me concediera una tregua. Cuando lo intenté por tercera vez me dijo sin contemplaciones: “Mañana sos el primero”.

Yo ni siquiera había elegido sobre qué libro exponer. Al respecto debo decir que, como muchos otros de mi generación, nací y crecí en una casa sin libros, y, entre los buenos y malos hábitos que había cultivado o se me habían inculcado hasta entonces, no se encontraba el de la lectura. El nombre de García Márquez no lo había escuchado nunca antes. Me acerqué esa misma tarde a una muchacha nueva en el grupo. Una muchacha bonita, siempre sonriente, que me gustaba, y a la que nunca antes le había hablado. Le pregunté qué libro había elegido. Haría su ponencia sobre Cien años de soledad, me dijo.

Me enseñó el libro y me agradó la sonrisa de niño travieso de aquel señor bigotudo de la foto. La muchacha ya lo había leído una vez y lo estaba leyendo de nuevo. La invité a tomar no sé qué al cafetín y le pedí que me contara la historia. Resultó ser excelente narradora de un excelente libro. En su sonrisa descubrí el gozo que nace de la lectura, y en el brillo de sus ojos, la luz que Cien años de soledad había vertido sobre el paisaje literario latinoamericano y universal. Narrado en la voz de aquella muchacha, sentí el Macondo de Gabo y a sus personajes a la vuelta de la esquina y la vuelta de mi propia vida.

A la semana de mi ponencia, expuso el libro la muchacha que me lo había contado, y aunque su ponencia fue muy buena, la profesora le dio de nota cinco puntos menos que a mí que no había leído ni una sola línea. Injusticias de la vida. Realismo mágico. De la muchacha no sé qué habrá sido. Sí recuerdo que riendo me hizo reproches, pero acordamos guardar el secreto. En secreto deseo también conservar su nombre. A esa Sherezade de mi secundaria, si leyera estas líneas, mi agradecimiento. A la profesora mi disculpa por el ardid.

He contado esta anécdota porque quiero creer que a Gabo le habría agradado escucharla. Me habría gustado, sobre todo, que supiera que, aunque no leí su libro en el colegio, desde ese primer encuentro he leído Cien años de soledad cuatro o cinco veces, y desde entonces todo ha sido recontarlo. Recontarlo y reencontrarlo en todos los Macondos que siguen y seguirán a la espera del fin de sus cien años de soledad.

 

Dresden, Alemania, abril de 2014.