•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Managua se achicharraba a las dos de la tarde de este jueves de abril; en las calles el pavimento enturbiaba los ojos y el viento incandescente levantaba un polvo casi invisible que se metía por todas partes. No había rosas ni mariposas amarillas en el sopor del verano. Iba ya de salida a casa de una tía, cuando, por una costumbre aprendida del mimetismo cotidiano de los distraídos, regresé a mi cuarto guiado por una conexión inexplicablemente imposible que me ordenó encender el televisor, y la noticia en desarrollo me dejó pasmado: Gabo ha muerto.

Lo primero que se me vino a la mente fue un largo ¡mieeeeeerda! Y las imágenes del Gabo empezaron a acumulárseme. Aparecía con su cara desolada de argelino impávido perdido en París. Con su mostacho renegrido y engominado de sus tardes insondables en El Heraldo. Con aquella nariz mofletuda estampada en la cara de ese joven estrafalario picado por el mosquito pernicioso de la literatura y la bohemia que ni las presiones del tiempo ni los avatares del poder pudieron equilibrar.

Tras la noticia aparecieron sus últimas escenas. Tenía ahora una nariz de coliflor que terminó convirtiéndose en la sombra de un bigote alborotado y plateado. Su piel descascarada y sus ojos lentos lo habían estancado en un lugar sin tiempo. Casi no caminaba, pero bailaba con movimientos súbitos, pero infantiles que acompañaban a su cara de inocencia primigenia que hacía juego con su liquilique impecable. Idéntico a aquel con que recibió el Nobel, con el que rompió todo protocolo, pero que nos hizo quererlo aún más por su atrevimiento sin miedo de caribe cimarrón.

Ya no salí y empecé a ver los reportajes recién cocidos, hechos con el coraje del periodismo irrefrenable que siempre propagó Gabo. La influencia más grande que tuvo sobre aquellos que siempre hemos apostado por el periodismo narrativo y que estamos hartos del periodismo duro, a cuyos editores inflexibles nos instaba a mandar al carajo. No lloré, pero sentí un pesar incalculable por el autor de la primera novela que leí a los ocho años, “La hojarasca”, y que sería el inicio de una nueva pasión que me llevó por los recovecos de los terrores infundados, de los mitos vivientes, del olor de los geranios, de las ánimas sin paz y de las improbables circunstancias de una realidad que puede ser más creíble cuanto más asombro nos provoca.

Al final de la tarde caí en la cuenta de que era jueves. Y entonces, como una encíclica cantada vino a mi memoria la frase con que comenzó una de sus columnas: “Los jueves no sirven ni para morirse”. Pero este jueves le llegó la mala hora al Gabo, el padre de un mundo maravilloso y perpetuo, cuya estirpe no tendrá una segunda oportunidad sobre la tierra… sino incontables oportunidades por siempre jamás.