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China no condenó a Rusia en el Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas ONU, tampoco respaldó el referéndum de Crimea, al tiempo que criticaba la injerencia foránea en Ucrania.

Es una incómoda posición, no solo por las importantes relaciones económico-estratégicas con su vecino, sino principalmente por el temor a que Estados Unidos mediante su quinta columna, organice en Taiwán, un referéndum independentista, como lo intentó el otrora Vicepresidente Dick Cheney, en 2004 antes de ser disuadido por el Secretario de Estado Colin Powell.

Como medida preventiva, el parlamento chino en el 2005, aprobó una ley autorizando al Gobierno el uso de todos los medios, incluidos los “no pacíficos” para impedir la secesión de Taiwán.

China se preocupa más por la situación de Kiev, que por la de Crimea donde Estados Unidos derrocó un Gobierno legal por implante de disturbios, caos y un golpe de Estado. Según fuentes diplomáticas rusas, Washington trató de presionar a Pekín, instándole a unirse a las sanciones contra Rusia. Empero, China lo considera indignante y se ha negado a imponer restricciones contra Moscú.

Por su parte, China explicó a los diplomáticos rusos su decisión de abstenerse en las votaciones sobre Crimea en las reuniones del Consejo de Seguridad y la Asamblea General de la ONU, por sus problemas territoriales con Taiwán, la Región Autónoma Uigur de Xinjiang y el Tíbet, también mencionó la importancia de actuar dentro de la legalidad, indica el periódico “Kommersant”.

Actualmente, Pekín opta por aplicar su tradicional política de “acupuntura” frente al “ataque quirúrgico” del modelo occidental, aumentando progresivamente su influencia, obviando el uso de la fuerza para que nadie perturbe el potencial asiático. Hasta hoy ha logrado que la mayoría de los países del mundo, incluso Estados Unidos, desconozcan al Estado de Taiwán.

A China le inquietan las provocaciones de los islamistas en Xinjiang (región de fe musulmana y lengua turquí), quienes pretenden crear con Kazajstán una Gran Turkestán Oriental. En el centro de la crisis de Ucrania, Washington ha usado el Tíbet y Obama ha acogido al Dalai Lama en la Casa Blanca.

Oficialmente, Pekín interpreta a través del Viceministro de Exteriores chino, Li Beodong, lo que acaece en Ucrania, “Estamos prestando mucha atención a la situación de Ucrania. Esperamos que todas las partes puedan mantener la calma y la moderación para impedir la escalada y el empeoramiento de la situación. La resolución política y el diálogo son las únicas salidas”.

Un editorial del People´s Daily, devela el pensamiento real de los dirigentes, cuyo enfoque se concentra en los peligros del cambio de régimen; Occidente es incapaz de comprender las lecciones de la historia y el último campo de batalla de la Guerra Fría, malinterpretando la abstención de China en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, ante una resolución apoyada por Estados Unidos reprobando el referendo crimeo.

Solo existe una aparente contradicción entre el principio fundamental de China de no interferir en los asuntos internos de Estados soberanos y la intervención de Rusia en Crimea.

Pekín sabe perfectamente que Crimea ha sido rusa desde 1783, que esta y gran parte de Ucrania, calzan en la esfera de influencia de su civilización y que la interferencia occidental amenazaba directamente los intereses de seguridad nacional de Rusia.

El hecho de que Pekín acepte discretamente la reacción rusa al golpe de Kiev, recuperando Crimea a través de un “pacífico” referendo, no significa que permitirá que los “divisionistas” del Tíbet o de Taiwán sigan la misma ruta.

Incluso el Tíbet, más que Taiwán, podría presentar un fuerte caso histórico por la secesión; cada caso tiene su propia miríada de complejidades.

Por definición, un mundo multipolar también supone a la OTAN fuera de Eurasia, la que desde el punto de vista de Washington es la principal razón para interferir en Ucrania.