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Me llamo Rafael y tengo 72 años. Cuando llegué al primer taller del Ceprev hace quince años, tenía mi autoestima por el suelo, porque el orgullo de mi machismo era terrible, en mi casa yo era el que mandaba y el único que tenía “huevos”. A mis hijos los marginaba, los mantenía atemorizados, era violento con mi esposa porque así creía que tenía que ser. En una ocasión, le pegué a ella y un primo mío me felicitó porque así teníamos que demostrar los hombres que mandábamos.

Después de los talleres del Ceprev, comprendí que tenía que cambiar mi manera de pensar y fui mejorando poco a poco. Empecé a tratar mejor a mi señora y a mis hijos, ya no creía que solo yo tenía la razón, sino que era capaz de darles la razón a ellos. Mi hogar cambió, ya no había malos tratos ni gritos, había paz. La sonrisa volvió a los labios de mi señora y se sentía alegría en el hogar.

Fue un cambio tremendo en mi vida, y solo lamento que no haya llegado cuando era más joven, porque el machismo me tenía destruido: había perdido la relación con mis hijos y con mi esposa, y me costó mucho recuperarla. Mis hijos ahora me tienen confianza, hablan cualquier cosa conmigo, porque al cambiar yo, también cambiaron ellos, ahora mucho me quieren y soy su adoración.

Antes me costaba dialogar, comunicarme con las personas, jamás decía si estaba triste o tenía problemas, me iba a beber para poder platicar. Ahora ya no tengo necesidad de tomar alcohol para expresar mis sentimientos. Por ejemplo, hace poco murió mi hija y no tuve necesidad de ir a beber para expresar mi gran dolor. Lloré y lo hice públicamente, sin avergonzarme por ello.

Uno no nace machista, lo hacen así. Mi padre era tomador constante y yo fui alcohólico como él, pero lo superé y ahora soy alcohólico anónimo. Mi padre le pegaba a mi madre y me golpeaba a mí. Teníamos que salir huyendo de la casa con mi madre cuando llegaba borracho, a dormir en el monte. Y yo con los años hice lo mismo con mi esposa. El terminó mal, el alcoholismo lo fue minando hasta que lo mató y a mi madre también, porque sufrió mucho. A él le dio cáncer en el hígado y de eso murió.

Yo pude hacer la diferencia, soy promotor de paz, trabajo a diario para apoyar a los drogadictos y a los jóvenes en pandillas. También soy activo en la Iglesia. Visito la cárcel Modelo una vez al mes como Alcohólico Anónimo y promotor de paz. A la fecha, he capacitado a más de 500 personas, la mayoría jóvenes, enseñándoles cómo vivir libres de machismo y hacer el bien.

Este cambio me ha hecho feliz. Mis vecinos me respetan, me siento en la acera con mi señora y todo el mundo pasa saludándome con cariño. Eso me ha levantado la autoestima porque al ver cómo me aprecian, veo que valgo mucho. Antes, no me querían porque le hacía daño a mi esposa y a mis hijos y me daba cuenta de eso.

Yo de niño ni una bicicleta pude tener. Cuando era machista como mi padre, me gastaba todo mujereando, jugando y bebiendo, pero cuando superé todo eso, logré tener primero mi bicicleta, después mi carrito y ahora tengo una camioneta. Al dejar el machismo, uno claramente va prosperando.

Yo les digo a los hombres que debemos superar el ego, ese machismo terrible que nos daña a todos, a nuestras familias y a la sociedad. Miramos estos asesinatos de mujeres y vemos cuántos hijos quedan abandonados. Para mí, el machismo es una enfermedad y hay que buscar ayuda para superarla. Es necesario capacitarnos unos a otros como hombres, para ir cambiando esta cultura que nos está destruyendo.

 

(La autora recoge testimonios de cambio de personas atendidas por el Centro de “Prevención de la Violencia”, Ceprev. )