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Iraq celebró recién las primeras elecciones presidenciales después del retiro de las tropas norteamericanas.

El evento puede parecer cotidiano si fuere en un país normal. Pero Iraq es un Estado tribal, en guerra y desesperanzado: Ahí facciones religiosas, étnicas y tribales no pueden convivir. Y una mayoría aspira a una “democracia con sabor islámico”, de valores convergentes que integren a las tribus más que a las agrupaciones políticas.

En primer lugar, es una nación árabe de mayoría chiíta. Está gobernada por Nuri Al-Maliki, un primer ministro controversial que ha estado ya 8 años en el poder, después de dos elecciones, y que ahora busca reelegirse para un tercer período.

A la luz de Occidente, es un aliado que trata de frenar el ímpetu de dos grupos subversivos radicales: Al Qaeda, y otra organización, aún más radical: El Estado Islámico de Iraq y Siria.

El punto es que Al-Maliki, para adentro, ha demostrado ser insensible, represivo, ineficaz, paranoico y no dispuesto a zanjar brechas, sino que ha profundizado más sus divisiones. Pero para afuera, es un aliado de Occidente con el poder y la fuerza de contener el avance de los grupos insurgentes que luchan por instaurar su credo.

Así comenzó Sadam Hussein, su incalificable predecesor; era el hombre fuerte que hacía de barrera de contención contra las ambiciones expansionistas del incierto Irán pos-Sha.

Después del retiro de las tropas norteamericanas, a finales de 2003, Iraq quedó con un ejército entrenado, armado y bien proveído por Washington.

Preguntarse por qué los países intervenidos "o de pos- dictaduras" no pueden estabilizarse en el corto o mediano plazo, sale sobrando. Sus transiciones son traumáticas, sangrientas, rencorosas, desequilibrantes.

También cabe:¿cuánto puede lograr la democracia"esa idea tan foránea para los pueblos de ciertos países que viven más apegados a su credo religioso, tradiciones o idiosincrasia" si le resulta difícil arraigarse?¿O es alguna vez ajustable o modificable, porque luce incongruente para algunas etnias o culturas?

O vale cuestionar si realmente la democracia es una idea absoluta, ya que no parece tener aceptación universal, pues es practicada y eficiente en tierras lejanas.

¿Cuánto hay de comprensible en que los países en desarrollo alcancen la democracia por vías más lentas o mezclada con sus propias ideas y creencias? Léase: recetas modificadas.

No estoy dudando de la bondad de la democracia, pero sí estoy cuestionando su influencia o el-cómo esta deba adaptarse a cada cultura. Para su beneficio, la democracia sí ha probado que es más eficiente en las culturas occidentales (¡y claro que Japón, Israel o India son excepcionales!); pero queda demostrado que también, en algunas ocasiones, este método de resolución de los problemas del poder y la libertad, muestra fallas y debilidades recurrentes, notorias.

¿O deba comprenderse una incompatibilidad no-fortuita entre democracia y ciertos credos religiosos?

Al mirar el presente de Iraq, nos enteramos que todos los grupos que disputaron el poder en las elecciones recientes de ahí, lo hicieron mediante alianzas religiosas, étnicas, más que políticas o ideológicas.

Lo justificable para los intereses occidentales, es que si Al Maliki se reelige, habrá una esperanza de contención al Estado Islámico de Iraq y Siria, que parece encaminarse a ser una amenaza creciente en el Medio Oriente y que socava la paz, seguridad y libertad regionales.

Al-Maliki ha demostrado ser un mal gobernante que no suma. Pero sí puede ralentizar el avance de grupos terroristas en una zona de mayúsculo interés para Occidente.

¿Van a ser siempre las elecciones en el Medio Oriente un dilema, que enfrente los intereses de los radicales contra aquellos de los occidentales, que pregonan que la democracia es un buen pan por el cual no todos sienten igual apetito?

Pero cuando China o India asuman el liderazgo global, ¿le darán continuidad a los valores pregonados por Occidente? ¿Los países occidentales o de estos lados, verían con agrado que les impongan las ideas de Confucio o Lao-Tze, como válidas o perfectas, pues, de esa manera llevaron a China a la cúspide?

Si hay un sustituto asiático, ¿abandonaremos, los occidentales, nuestros métodos para preservar libertad y democracia? Seguramente, los líderes próximos del Asia presentarán sus propias propuestas filosóficas o culturales. Y dirán: ¡así deberá ser el mundo desde hoy!

Si las cosas cambian, la victoria de Mills y Smith sobre Marx será efímera. ¿Veremos pronto el reinado pos-mortem de Mao TseTung o Deng Xiao-Ping? ¿Qué vendrá después si la democracia se queda a medio camino en su conquista bien intencionada de expandir su pregón?