Francisco Javier Bautista Lara
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La inesperada y lapidaria sentencia que escribió José Zacarías Guerra Rivas, fue conocida tres días después de su muerte. Falleció en soledad a los 55 años, de diabetes, el 5 de mayo de 1914, hace cien años. La novela Manantial, cuyos derechos de autor de la edición fueron cedidos al Hogar que lleva su nombre, recrea, junto a varios personajes de la época, su vida posible en el contexto social e histórico de fines del siglo XIX y principios del XX. Con su muerte, no hubo un final, sino un comienzo.

El testamento, elaborado en cinco años, evidenció el propósito de su vida. Comienza: “En Managua, a ocho de junio de mil novecientos nueve. Yo, José Zacarías Guerra, viendo que somos de la muerte y encontrándome en mi entero y sano juicio he dispuesto hacer mi testamento”…Enuncio su decisión: “…pues es mi única voluntad que mi capital se invierta en un asilo o casa para niños huérfanos…” Cerró con una maldición que fue famosa en Managua e inquietó a numerosos vecinos que le despreciaron, asustó a los parientes quienes pensaron que estaba dirigida contra ellos, por la distancia que en vida se guardaron; por su carácter apartado, actitud tacaña y huraña. No cultivó muchas amistades, en parte no superó la carga personal de ser hijo ilegítimo. Enfatiza: “…Protesto de que se contraríe mi voluntad o quieran anular esta, bajo cualquier pretexto, MALDITOS SEAN MIL VECES, cualquier ciudadano que pueda impedir el cumplimiento de este testamento,...” y, antes de firmar el documento cuya extensión es de apenas 616 palabras insiste: “Protesto cualquier malversación que se haga de mi capital…”

Entre los acontecimientos de la convulsionada historia nacional del siglo, la Junta, la dirección, los administradores del Hospicio, ahora Hogar, principalmente durante las primeras décadas, no fueron ajenos a la crítica por transparencia y eficiencia en el manejo de los fondos del benefactor, y a cuyos aportes, se han sumado contribuciones gubernamentales y privadas, numerosos esfuerzos personales que se han dedicado a los propósitos del Centro para los niños y adolescentes en riesgo, abandono u orfandad. No faltaron las especulaciones sobre quiénes han sufrido la terrible maldición del benefactor.

A pesar de la insuficiencia de recursos, cada aporte tiene y sigue teniendo un propósito que, quienes asumen la obligación de gestionar y administrar, están comprometidos legal y moralmente a preservar, como efectivamente, superando las fragilidades humanas, lo habrán hecho y seguirán haciendo.

“Todo acto de bondad es una demostración de poderío”, escribió Unamuno. Si un propósito inicial bueno, ha tenido la posibilidad de subsistir un siglo y a pesar del tiempo sigue existiendo y continúa siendo bueno, sin dudas tuvo un largo aliento al que continúan sumándose generosas intenciones y compromisos para contribuir con el Estado, la sociedad y las familias, en brindar a miles de niños y jóvenes una oportunidad de educación y desarrollo para incidir en su vida y porvenir.