Jorge Eduardo Arellano
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NUEVA YORK
En sus esfuerzos por que se aprobara un plan de rescate del sistema financiero estadounidense, la administración Bush y sus autoridades invocaron el espectro de la Gran Depresión de 1930. Sin embargo, para la mayoría de los asiáticos el Armagedón económico es mucho más reciente.

La crisis financiera asiática de hace una década puso de rodillas a bancos, corporaciones y gobiernos. La chispa que encendió la hoguera fue el colapso del baht tailandés en el verano de 1997. Pronto el contagio barrió el Este asiático, y los efectos perniciosos de las devaluaciones en serie llegaron a países tan lejanos como Rusia y Brasil. Fue el punto final de los prolongados “milagros económicos” de Corea del Sur y Hong Kong, así como del fuerte crecimiento en Indonesia y Tailandia.

La lección central que dejó esa crisis fue mantener grandes reservas en moneda extranjera, que se convirtió en un virtual artículo de fe entre los gobiernos del Este asiático. En los años 90, las economías de rápido crecimiento de Asia mantenían pequeñas reservas, a pesar de las crecientes exportaciones y la inversión extranjera. Una vez que comenzó la caída en espiral en 1997, la falta de reservas de los gobiernos limitó su capacidad de rescatar los bancos afectados, obligándolos a recurrir a instituciones internacionales.

Sin embargo, el rescate del Fondo Monetario Internacional llegó con condiciones, como exigencias de una más rápida liberalización del mercado de capitales que produjo la crisis en primer lugar. De hecho, lo que Occidente llama la “crisis financiera asiática” se conoce en Asia como la “crisis del FMI”. La humillación política y la frustración económica de enfrentar los imperativos del FMI confirmó la importancia central de mantener grandes reservas, como asunto no sólo de estabilidad de la moneda, sino de soberanía económica.

Una economía asiática salió relativamente inerme de la crisis de 1997-1998: China. Esto se explica por varias razones, pero las más importantes son el hecho de que ya había amasado más de 100 mil millones de dólares en reservas y que se negó a revaluar su moneda cuando la crisis estalló.

Desde entonces, China ha impulsado un dinámico modelo de desarrollo económico caracterizado por un rápido crecimiento, exportaciones y un fuerte nivel de inversiones. Al poner límite al tipo de cambio y producir mucho más de lo que consume, las reservas de China crecieron enormemente, llegando a la marca del billón de dólares en 2005. Incluso después de que China (bajo presión de las autoridades del Tesoro de EU) dejara que el yuan flotara parcialmente en 2005, las reservas siguieron creciendo cerca de 200 mil millones al año. A lo largo del último año y medio, llegaron al 1.8 billón de dólares, con mucho las mayores del mundo.

Probablemente el Estado chino no ha poseído tantas riquezas desde los dorados días del Imperio Qing, cuando la insaciable demanda europea de porcelana, te y seda inundaron los cofres del gobierno central de Beijing con lingotes de plata. Sin embargo, la paradoja es que las reservas de hoy no son riquezas reales que se puedan utilizar para estimular la economía local. En lugar de ello, principalmente garantizan la deuda estadounidense.

Incluso antes de que Wall Street comenzara a perder el rumbo, había consenso en China de que sus reservas habían crecido mucho más de lo necesario para evitar otra crisis al estilo de 1997. Se intensificaron los llamados a que se implementara una estrategia de inversiones más diversificada. Después de todo, invertir en bonos del Tesoro de EU era una manera segura de sufrir pérdidas, considerando la brecha entre su modesto rendimiento y la constante apreciación del yuan.

Con la creación hace un año de un fondo soberano de inversión de 200 millones de dólares, la China Investment Corporation, Beijing se posicionó para una mayor inversión en acciones (aunque sus primeras inversiones, el Blackstone Group y Morgan Stanley, fueron muy criticadas). El economista Andy Xie, que había trabajado en Morgan Stanley, propuso la semana última que China cambiara sus activos en dólares por acciones en compañías estadounidenses a gran escala, desafiando a Estados Unidos a que superara su xenofobia financiera para evitar un desastre por insuficiencia de capital.

Sin embargo, muchos en China, desde blogueros nacionalistas a activistas por la justicia social, hacen una crítica más profunda a la enorme acumulación de reservas. ¿Por qué vincular así el capital chino a la economía de deuda y consumo de Estados Unidos, cuando en el país hay tantas necesidades a las que todavía hay que dar respuesta? Hasta 1985, China era una de las sociedades más igualitarias del mundo. Hoy sufre de una de las mayores brechas entre quienes tienen y quienes no. El capitalismo al estilo chino muestra hoy su distancia con respecto a una de las enseñanzas básicas de Confucio: no te preocupes de la pobreza, advirtió, sino de la desigualdad.

La infraestructura física china en las ciudades centrales en auge está sufriendo una radical modernización, pero la infraestructura social y ambiental está cayendo a pedazos, especialmente en el interior y para la enorme población rural. Durante años el gobierno central ha hablado de crear “armonía social”, con un nuevo tipo de sistema de servicios médicos cooperativos para áreas rurales”, destinando un 4% del PGB a educación y eliminando costes de matrícula en las escuelas, e implementando modelos de “desarrollo sostenible”.

Las promesas son grandilocuentes, pero las acciones aún no llegan a su altura. Y los costes económicos de un acceso más limitado a la salud y la educación, además de la escasez de aire limpio y agua potable, afectarán el desarrollo económico de medio y largo plazo.

En los años venideros, el desafío para China será ir retirando su inversión en la deuda estadounidense y comenzar a invertir en la salud, la educación y el bienestar de su propio pueblo. A fin de cuentas, hacer crecer la economía a un índice promedio anual de 10% parece haber sido la parte fácil.

John Delury es Director del China Boom Project en la Asia Society, Nueva York.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

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