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Managua. Aún se respiraban rezagados aires navideños en una fría madrugada de enero de 1968. Todavía inmersos en un profundo sueño, los habitantes de la colonia Centroamérica fueron catapultados del lecho por un sismo de magnitud 4.8 en la escala de Richter. Su epicentro yacía bajo el subsuelo de su morada. Casi la destruye. Dejó en su camino un premio de consuelo: no hubo muerte entre sus siete mil pobladores.

 

Por primera vez, en casi 37 años, desde el terremoto del 31 de marzo de 1931, un sismo de esa intensidad estremecía la capital nicaragüense. El movimiento telúrico partió en dos la Carretera a Masaya en el puente de Santo Domingo y afectó la comarca de San Isidro de la Cruz Verde. Cuatro años después, una catástrofe sísmica destruyó Managua —sismo 6.2 Richter—, dejando un saldo mortal aproximado de 10,000 muertos e incalculables daños materiales. Réquiem para la novia muerta del Xolotlán, rezaba el poema de Pedro Rafael Gutiérrez.

 

La historia sísmica de Nicaragua es de larga memoria. Desde los confines del siglo XIV en León Viejo, hasta el reciente terremoto de Nagarote —abril 2014— originado por una falla poco conocida, con epicentro en la península de Apoyeque. Convivimos con la permanente amenaza de múltiples fallas geológicas que atraviesan como heridas vulnerables el estrato territorial del Pacífico. Solo del siglo XVIII se tiene registro histórico de ocho terremotos, extendiéndose a 12 en el siglo XX.

De todas las ciudades del país, Managua es la presa más fácil de un terremoto. ¿Razones? Primero, su ubicación en el eje directo de la faja de la cadena volcánica —20 kilómetros de ancho— en la zona sísmica más peligrosa. La segunda es que los temblores ocurridos en los últimos 25 años fueron de baja magnitud, es decir, leves. La mayoría acontecidos en 1970, según Wilfried Strauch, autoridad en sismología de Ineter. ¿Existe un fatal ciclo sísmico?

 

Desde aquella trágicas acudida transcurrieron 42 años. No pocos sismólogos consideran que esto apoya la incierta predicción de un evento cataclísmico en la capital, agregándose un elemento de riesgo: el sismo de Nagarote (6.2 Richter) y la continua generación de eventos con intensidad alarmante que sugieren la activación de viejas fallas. No hace falta ser geólogo para comprender este peligro latente.

 

Al igual que miles de managuas, sobreviví al terremoto de 1968 y 1972. No anhelo repetir ese doloroso pasado ni deseo alarmar a una población en pánico. No obstante, aunque es impredecible, debemos recordar el territorio que pisamos a diario suplicando al Señor protección y misericordia para nuestra atribulada nación.