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Aclaro: no tengo absolutamente nada en contra de las flacas. Son bellas, saludables, elegantes, elásticas, sensuales, a tal grado que los publicistas las califican como símbolos de la belleza moderna. Sin embargo, a algunos hombres nos gustan gorditas, entraditas en carne, voluptuosas, eróticas, agradables y llenas de muchas sorpresas.

En la antigüedad, las hermosas y gorditas —como usted quiera llamarles— eran protagonistas de la historia. Apetecidas por los monarcas y la clase real, eran símbolos de belleza, prosperidad, amor, buena salud, y pronto contraían matrimonio y multiplicaban su descendencia. Otras fueron hasta heroínas y sus cuerpos no fueron obstáculos: Helena de Troya, Catalina La Grande, Cleopatra, María Antonieta, según sus biógrafos, eran mujeres inteligentes, hermosas, rollizas y bien proporcionadas.

Sus cuerpos se convirtieron en territorios de guerra, asediados por príncipes y plebeyos. Fueron incontables sus aventuras y romances. Murieron famosas y sus figuras quedaron inmortalizadas en algunas obras de arte clásico.

En cambio, las mujeres flacas eran discriminadas y no eran objetos de lujuria y deseo; su extrema delgadez eran señales de anemia y enfermedad, por lo que no estaban aptas para amar y engendrar. Mucho menos para lucirlas en las pasarelas de los palacios.

Pero los tiempos han cambiado: Ahora las flaquitas, aunque sean anoréxicas y sean más transparentes que el vidrio, son demandadas en el mercado masculino, mientras que las gorditas simbolizan obesidad, enfermedad, fealdad y todos sus sinónimos.

La belleza femenina para mí no tiene una sola definición. En el caso de las mujeres, no importa si sean flacas o gorditas. La belleza es relativa, no tiene reglas y todo depende del cristal con que se mire y de la química secreta que nos atrape.

Aunque sí, estoy plenamente convencido de que el gusto por el tipo de mujer se forja en los genes y se define en la infancia. A los trece años de edad, tuve mi primera novia. Era una gordita preciosa, con una cara pecosa y salpicada por el acné que revelaba una precoz adolescencia. ¿Por qué no me enamoré de una flaquita? Nunca he encontrado respuesta a esa pregunta. En mi vecindario abundaban delgadas, altas, guapas, pero debuté con una gordita tímida y juguetona que me inspiró confianza y protección.

Aún conservo en la memoria el olor de la grama donde retozamos y exploré su cuerpo con manos inexpertas. Esa noche, en que jugábamos a las escondidas, la busqué afanosamente, hasta que la encontré detrás de unos arbustos. Su piel era blanca, como la luna que nos espiaba. Toqué sus piernas bien torneadas, sólidas, su cuerpo ancho, que me cubría todo, mientras me abrazaba con inocencia. Se llamaba Alba y nunca más volví a verla.

En esa misma época me enamoré de Patricia, otra gordita que usaba unas faldas largas, pretendiendo ocultar su hermosura. Tenía unos ojos verdes que me hacían perder el juicio y una piel blanca que acariciaba con frenesí aprovechando la semioscuridad del lugar donde bailábamos, en un solo ladrillo, las baladas de Donna Summer.

Luego conocí a Margarita, una joven morena, de piernas rollizas que me esperaba en el campo de béisbol todas las noches. Recuerdo que la sentaba en mis piernas y recorría con mis manos su cuerpo hasta que el viento traía de algún lugar lejano el ladrido de los perros.

Con el transcurrir de los años, ya en el umbral de la juventud, me gustaron otros tipos de mujeres, hasta que conocí a Reyna, mi esposa, quien rompió con ese perfil curioso y quizás un poco genético de que me gusten las gorditas. Ella tiene un rostro hermoso en el que sobresalen unos camanances que me atraparon y aún no me sueltan.

Sin embargo, en cuestiones de gusto, todo esto es relativo. Que a mí me gusten las gorditas es una opción personal. Lo único que puedo decirle es que cada mujer, sea flaca o gordita, es un territorio desconocido a la espera de un cartógrafo que le marque para siempre su piel.

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