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Según el diccionario de la Real Academia Española, la improvisación está definida como “hacer algo de pronto, sin estudio ni preparación”. No obstante, es importante afirmar que para este concepto, hay también dos sentidos; al igual como el colesterol: uno bueno y otro malo. El problema es que en nuestro imaginario, casi siempre se hace referencia al carácter de lo malo, porque es el que con más frecuencia y consecuencias se ha experimentado.

La improvisación buena es aquella en que una persona de talento, con soltura, le hace frente a una situación inesperada, o bien, difícil; sin tener un plan preconcebido. Puede ocurrir que sea por la premura de las circunstancias o por un libre discurrir de un impulso virtuoso. Paco de Lucía decía que su inmortal canción “Entre Dos Aguas” fue una improvisación que llegó a ejecutar al estudio de Radio Televisión Española, cuando vio la convocatoria, y de causalidad se encontraba en las cercanías de ese lugar. Una absoluta genialidad.

El otro es el lado oscuro del concepto, que desafortunadamente es el que en nuestro país frecuentemente es causante de graves tragedias en todos los ámbitos, desde las pifias épicas en los banales concursos de belleza, noticieros, y hasta en las más altas esferas corporativas. Tan habitual es que se ha convertido ya en el onceavo mandamiento de esa biblia conjetural, pero escrita y leída al revés, propiedad del nicaragüense.

El problema ocurre cuando la persona tiene en su mente un concepto disminuido de la importancia de hacer las cosas correctamente, o al no considerar que existe un respeto mínimo ante la necesidad de ejecutar con calidad la labor encomendada —cualquiera que esta sea— producto de la mentalidad chapucera o facilista, que busca la minimización del esfuerzo, la maximización de la utilidad sin valor agregado, o la eliminación sistemática de los controles que provoca que una labor no sea la mejor, sino la expresión trágica del carácter de esa persona.

Los modelos de ausencia absoluta de calidad, del todo se vale, de la falta de planificación, del “me la juego”, hacen que cobre realidad hoy más que nunca la acertada letra del tango universal “Cambalache”, del ilustre Enrique Santos Discépolo: “!Todo es igual! ¡Nada es mejor! Lo mismo un burro que un gran profesor. No hay aplazaos, ni escalafón, los ignorantes nos han igualao”.

Vaya a usted a ver cuántas personas llegan a una reunión verdaderamente preparadas, cuántas acciones previas necesarias se dejan para última hora, cuántas iniciativas fallan por ausencia de análisis serios; pero lo peor, cuántas veces nos engañamos en pensar equivocadamente que porque algo improvisado salió bien una vez, es la evidencia y garantía para seguirlo haciendo viciosamente.