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Transformar la formación docente, a diferencia de lo que el imaginario social suele entender, no es tarea fácil, máxime cuando la globalización y el país someten cada día a la educación a nuevos desafíos, demandas y complejidades inabarcables.

En décadas pasadas, la responsabilidad de padres y madres de familia en la educación de sus hijos resultó más fácil y mejor asumida que en el presente. Ahora, en cambio, la “desresponsabilidad” del hogar se ha intensificado, delegando a la escuela todo el peso de la educación.

Este estado de cosas somete al docente a nuevas agendas educativas que pugnan por ingresar al quehacer de la educación formal, sin que su currículum lo llegue a comprender y asumir, más aún, cuando sus cambios se hacen esperar largas jornadas de años. Esto somete a la formación docente de Escuelas Normales y Facultades de Educación a fuertes presiones, mientras estas están distraídas viviendo procesos endogámicos que impiden cualquier cambio.

En este orden, es necesario concebir la formación docente como un sistema articulado, superando su actual atomización y desarticulación. Se requiere superar la tentación de enfocarse en actividades desconectadas y superficiales, y asumir esta lógica sistémica para lograr enfrentar tan enorme complejidad. Esto demanda articular la formación docente inicial con la formación especializada, la actualización profesional, la formación permanente y la posgraduada (nivel aún prohibitivo para maestros y maestras).

También hay que atravesar el umbral de la formación en contenidos, hacia una reflexión crítica de la práctica sistemática y el desarrollo de capacidades y competencias, con base en la activación de estrategias superiores de cambio: la metacognición y autorregulación, motores de la calidad e innovación.

Urge, asimismo, ver la formación unida al reconocimiento profesional, salarial y social, y del conjunto de medios didácticos y tecnológicos potenciadores de su papel pedagógico y científico. Supone brindar a la formación el soporte y salidas coherentes y estimulantes, lo que demandará organizar procesos serios de evaluación al desempeño.

Hay que aprender lecciones latinoamericanas al respecto. ¿Evaluar con criterios de innovación? Claro que sí, pero siempre que se provea formación docente para la innovación, y reciban el adiestramiento debido en dispositivos y estrategias didácticas. Evaluar sin proveer esta formación de calidad significaría un “suicidio profesional”; lo contrario sí abonará a una carrera docente exitosa.

Se debe encontrar un punto de equilibrio en esta formación. Forjar sólidos saberes y competencias científicas, a la par de sus didácticas específicas, ayudará a superar los extremos viciosos existentes: en algunos casos, el exceso de contenidos con poca didáctica (Facultades de Educación), y en otros, metodología sobrancera y débil dominio del saber científico a enseñar (Escuelas Normales).

Adicionalmente, nuevas sensibilidades asoman en el horizonte de la formación, que apenas son reconocidas. Se trata de las potencialidades que ofrece la tecnología, pero también de los peligros que encierra para el sano desarrollo del estudiantado. Numerosos fenómenos asoman en el horizonte escolar, para los que los docentes no están preparados y deben enfrentar: el acoso escolar, la violencia pedagógica, la violencia familiar, la trata de personas, el enfoque y práctica de género, el abuso sexual, y otros fenómenos emergentes que a todos nos preocupan.